Entrevista

Peter McLaren es mundialmente reconocido como uno de los fundadores de la Pedagogía Crítica. Desde Ohio (Estados Unidos), compartió con Trama y Contraluz algunas reflexiones sobre la tarea docente y ofreció, de paso, un duro diagnóstico sobre la actualidad.

Sentado en un café, el profesor McLaren contesta con generosidad las preguntas que le llegan por email. Su estampa es inconfundible: ropa de cuero, pelo largo y rubio, barba, lentes oscuros. Entre párrafo y párrafo dice que los parroquianos —vecinos de una pequeña ciudad estadounidense— lo miran raro. Es lógico: alguna vez, la derecha yanqui lo calificó como “el profesor más peligroso de la Universidad de California”. Y no era para menos. El autor de clásicos como “La vida en las escuelas” aboga por el reemplazo de la actividad meramente académica para proponer un nuevo modelo de docente. Un modelo rebelde, transformador. Un tipo de maestro que aspire transformar de raíz la realidad que duele.

Más tarde llegarán las respuestas. Dieciséis páginas de una prosa apasionada que no le teme a las densidades teóricas ni a la poesía. En las líneas que siguen, compartimos un resumen de la conversación con Peter, e invitamos a nuestros lectores más valientes a revisar la entrevista completa.

–Usted comenzó siendo lo que en Estados Unidos se denomina “progresista liberal” y luego optó por posturas más radicales. ¿Qué rol jugó la autocrítica en su vida, y especialmente en sus búsquedas teóricas? ¿Qué rol cree que debería jugar la autocrítica en la carrera de un docente?

–Es verdad lo que decís. Es cierto que he realizado un número de cambios ideológico/políticos a lo largo de las décadas […] Cuando escarbás en una teoría, develás una biografía. Con eso quiero decir que mis posiciones ideológicas y mis contribuciones teóricas a la Pedagogía Crítica están conectadas con mis antecedentes biográficos. Mi familia era de clase obrera: granjeros, obreros metalúrgicos y trabajadores golondrina de Canadá. Sin embargo mi padre, que nunca fue a la universidad, consiguió un puesto en una importante empresa de electrónica y por aproximadamente veinte años nos movimos dentro de la clase media baja. Yo fui el primero de mi familia que fue a la universidad […].

En tiempos en los que la teoría posmoderna se estaba convirtiendo en la corriente dominante dentro de las instituciones estadounidenses, yo asumía una postura crítica hacia ella, y describía mi trabajo como un “posmodernismo crítico”. Allá por 1995 comencé a abandonar esa denominación (en retrospectiva, veo que el posmodernismo crítico fue mi intento naïve de encontrar un lazo entre el posmodernismo y la teoría crítica). Comencé a reflexionar sobre la dirección que había tomado mi trabajo. Empecé a pensar en la escolaridad dentro del capitalismo y en la Pedagogía Crítica como un desafío a la hegemonía. Releí el enorme corpus de escritos de Marx, repasé a Hegel y desarrollé un análisis dialéctico de la escolaridad capitalista como un método de producción de formas específicas de mano de obra o de capacidades para trabajar en la sociedad bajo el capitalismo […].

En una época en que el post-humanismo ha reemplazado la racionalidad por la persuasión, la explicación por la observación mecánica, el criterio de conocimiento racional por el de oportunidad, el ser humano por un ser sujetado, los hechos por la pantomima ficcional, la comprensión de un concepto por su aceptación tácita y el estudio de la historia por una amnesia puerilmente motivada, yo creí necesario volver a la idea de la lucha de clases.

Los ochenta en la vida académica estadounidense tenían como idea central las políticas de la identidad –relacionadas fundamentalmente con el género, la raza y la sexualidad–. Y mientras este foco fue y es importante, se transformó, en mi mente, en un sustituto del análisis clasista o al menos en una distracción de las críticas al capitalismo. La escolarización capitalista, de hecho, puede y ha integrado la Crítica Cultural a su currículum, y anunció sin que muchos se opusieran sus objetivos en pos de la diversidad de géneros y etnicidades. Pero las críticas al capitalismo en los centros de formación eran y son casi inexistentes. Hoy un poco menos, gracias a la popularidad de los aportes que hizo Paulo Freire, pero aun así las preguntas sobre el capitalismo rara vez aparecen en las instituciones de formación docente como un tema central de los currículums […].

Entonces mi postura tiene que ver con que necesitamos una forma consistente de construcción de movimientos y no estamos viendo eso. Estamos presenciando una resistencia a la autoridad, a la dominación, a la opresión. Y mientras esto es importante, no nos estamos involucrando lo suficientemente en un diálogo críticamente reflexivo sobre el significado y las posibilidades de la emancipación humana. La idea de una nueva sociedad fuera de las formas de valor del trabajo en el capitalismo (el trabajo asalariado) debe ser concretada en una visión nueva –no una utopía imaginaria sino una utopía concreta que pueda avizorarse dentro de las mismas estructuras capitalistas–. Pienso que hoy necesitamos eso para ser un proyecto creativo que evite reificar las fuerzas represivas del Estado o las formas de agenciamiento proletario que pueden generar los grupos oprimidos […]. 

–En nuestras aulas, frecuentemente nos quedamos sorprendidos ante un fenómeno que no era tan común años atrás: muchos estudiantes no parecen entusiasmados con las ideas del progresismo. Por el contrario, los docentes sentimos que las nuevas generaciones ubican el debate “siempre a la derecha”. ¿Cree que la derecha ganó la iniciativa en los debates pedagógicos?

–Es una observación importante. Creo que la recepción de ideas progresistas entre los estudiantes es específica de cada contexto –y geográficamente específica también, pero ciertamente hay paralelos entre las juventudes que están circunscriptas por los aparatos mediáticos contemporáneos que trabajan al servicio del Estado Trasnacional Capitalista–. Dado que yo tengo una mayor familiaridad con el contexto norteamericano, me centraré fundamentalmente en esa región. En las universidades de Estados Unidos, es inusual encontrar estudiantes que sigan públicamente la línea revolucionaria. Y no hay tantos profesores que hayan incursionado más allá de una racionalización de las concepciones políticas liberales y una política de “acomodarse al status quo” […].

En cambio, los estudiantes que asisten al Instituto McLaren de Pedagogía Crítica, en México, por ejemplo, están más comprometidos políticamente que sus contrapartes en Estados Unidos, a pesar de que no hay una única perspectiva en nuestro Instituto […].

Actualmente estamos en la era de los millennials (la generación de los nacidos entre 1980 y 1994). Para 2020, los millennials serán el 35% de la fuerza de trabajo mundial y habrá una brecha etaria significativa entre los trabajadores más jóvenes y los más viejos. Eso implica algunas dinámicas nuevas. Investigaciones recientes publicadas en el Personality and Social Psychology Bulletin sostienen que más graduados en los Estados Unidos se identifican hoy como conservadores que en las generaciones previas. En otras palabras, más gente joven se está identificando con los conservadores que en la época de la Generación X o los Baby Boomers.

Estamos hablando de chicos que han finalizado la secundaria y comienzan la universidad: alrededor de un 30% de ellos se identifican como conservadores y Republicanos. Yo creería que hay una porción levemente superior de estudiantes que se identifican como progresistas o liberales, pero sin duda hay una tendencia hacia el conservadurismo a lo largo de Estados Unidos. Especialmente entre los blancos, que son rápidos para culpar a los inmigrantes y al “distinto” por los apuros económicos que están padeciendo […].

No mucha gente sabe que hay un crecimiento de las “milicias blancas”, principalmente en áreas rurales. Los neonazis y los suprematistas blancos están ganando fuerza. Pero al mismo tiempo —y esto podría ser una noticia buena o mala— existe un creciente número de estudiantes que se identifican como “independientes”. No se sienten del partido Demócrata ni del Republicano.

Una enorme vertiente de gente joven se inclina por George Sanders, que es asociado abiertamente con el socialismo (una rareza política en los Estados Unidos). Eso es una señal alentadora. Pero no hay suficientes militantes de Sanders para dar vuelta la taba contra Trump, por lo menos no por ahora.

El estudio del Personality and Social Psychology Bulletin también destacó que, hablando en términos generales, más estadounidenses se identifican como liberales a los 18 años pero se van volviendo conservadores a medida que pasa el tiempo. La confianza en el gobierno y las corporaciones es muy baja, y entre los estudiantes de la universidad hay un enojo creciente ante el alto costo de la educación superior –muchos pibes, cuando terminen su formación, estarán cargados con una deuda similar a la hipoteca que necesitás para comprarte una casa–.   

Ahora estoy en una universidad privada de una pequeña ciudad. Es una comunidad muy conservadora, y mientras tipeo estas respuestas en un café local, alguna gente me está mirando feo porque en mi laptop tengo una calcomanía contra Trump. Los estadounidenses están despistados ante su propia falta de certezas —el negacionismo económico es rampante—. En este negacionismo estamos promoviendo el exterminio de nuestra democracia, y la recesión global de 2008 es la mejor analogía de nuestro futuro económico. Aquella recesión supuestamente iba a “resetear” la economía en una dirección diferente, pero vamos hacia más y quizá peores recesiones […].

Imagino que cuando los estudiantes se topan con estas noticias se preguntan: ¿Cómo es que el mundo se ha convertido en un lugar tan difícil? ¿Por qué hay tantos conflictos y padecimientos? ¿Qué tendré que hacer para tener los productos que me ofrece la televisión? ¿Cómo conseguiré un trabajo, y cómo haré para mantenerlo con tantos cambios dramáticos en la economía mundial? […].

Aquí donde vivo, una mayoría de republicanos dice que las universidades estadounidenses tienen un efecto negativo sobre el país. Esa tendencia está encabezada por personas que no tienen título superior. De hecho, una encuesta reciente del Pew Research Center mostró que una porción significativa de la población estadounidense ve con desconfianza a las universidades. Casi el 60% de los republicanos y conservadores independientes ve a los colleges como un factor que impacta negativamente en la sociedad. Desde luego, ese no es el caso de los Demócratas. Aproximadamente tres cuartos de los demócratas e independientes liberales ve a los colleges y universidades  como un factor positivo.

En tanto, lo que resulta más irritante es la falta de compasión o empatía ante los inmigrantes, los pobres, aquellos que tienen problemas mentales o están desempleados. Existe, de hecho, una crisis de opioides entre las poblaciones blancas pobres. Un sheriff notorio de Butler County (Ohio), Richard Jones, sugirió que Estados Unidos debía lanzar una de sus bombas más grandes en los carteles de droga que se han hecho con el poder de algunas zonas de México. En lo que se refiere a los adictos al opio de su propio distrito, no dijo nada. Y existe una droga, Naxolone o Narcan, un medicamento que revierte la sobredosis de opioides, que podría salvar las vidas de los adictos; pero él se resiste a que este medicamento se aplique. Opina que preservar la vida de los adictos sería “aprobar” el uso de las drogas. Jones dijo: “Lo que hace Narcan es salvar a la persona hasta el día siguiente, nada más”. Así que el buen Sheriff cuenta que no tiene planes de que sus agentes lleven Naxolone en sus patrullajes, con lo que se pone en riesgo la vida de miles de estadounidenses.

Con ese grado de cinismo en todas partes, ¿qué hay de sorprendente en la falta de esperanza que tienen los jóvenes?

black lives matter
Manifestantes antirracistas expresando su descontento

– ¿Cómo cree que está impactando en los estudiantes el desarrollo de las tecnologías digitales y el avance del capitalismo financiero?

–[…] Mi amigo William I. Robinson, de la Universidad de Santa Bárbara (California) ha indicado –utilizando datos empíricos– que hay una correlación directa entre la escalada de desigualdades globales y la liberalización de los mercados, la desregulación, el mercado libre, etc. desde los ochenta en adelante. De acuerdo a Robinson, este hecho refuta las reivindicaciones de los neoliberales […].

Robinson nota que los países que han registrado un mayor crecimiento y prosperidad en esta era neoliberal son precisamente aquellos que no han seguido las prescripciones de desregulación y retirada del Estado. En ese grupo destaca particularmente China.

Un tercer punto que enfatiza Robinson es que, históricamente, estos países que se han industrializado y desarrollado nunca lo han hecho a través de políticas libremercadistas. Ni los Estados Unidos, ni Europa, ni Japón, ni China. Todos han seguido políticas duras de intervención estatal para guiar las fuerzas del mercado, los sectores públicos, la protección de la industria, etc. En otras palabras, hay una correlación entre el desarrollo y el rechazo de las políticas neoliberales.

Cuarto: Robinson clama lo que otros ambientalistas han apuntado, es decir, que estamos al borde de un holocausto ecológico, como lo confirman el 97% de los científicos y toda la evidencia. Cualquier salvación requerirá una intervención masiva de los estados para redireccionar (si no suprimir) las fuerzas del mercado, lo que es un anatema para los neoliberales. Aun si se demostrara que el neoliberalismo incrementa el crecimiento, lo cual es falso, el tipo de crecimiento desregulado que genera deriva en una catástrofe ecológica. Utilizando datos empíricos, Robinson dice que hay una correlación directa entre liberar el capital y los mercados del control público y la regulación, por un lado, y el incremento de los gases de efecto invernadero y la destrucción de la naturaleza por el otro.

En medio de todo esto tenemos estudiantes creciendo en un universo digital […]. En una reciente entrevista, el artista y músico Richard Hell notaba que:

[…] Parece haberse aceptado completamente que el deseo del músico hoy –y esto me da asco- es manipular fórmulas de una manera tal que se planten canciones en tu cabeza y no puedas escapar de ellas. La canción se inserta en tu mente y estás indefenso, porque el tema está basado en una cantidad medida de ritmos y una proporción estudiada de estrofas antes de que venga el estribillo. Para esta gente, componer es como crear una enfermedad. Es como manufacturar un virus que no tiene defensa y que se quedará con tu pensamiento. Más que venir de un deseo genuino de comunicar algo o de la necesidad de transmitir emociones reales, lo que abunda es la manipulación de la electrónica de manera tal que te atontes y te dejes dominar”.

Para mí, esas palabras capturan una dimensión del dilema que representan las nuevas tecnologías […].

Profundicemos un poco más en esto de las tecnologías digitales. Aquí me gustaría repetir un comentario que hice en una entrevista reciente con Peter Jandric para su libro Learning in the Digital Age. Como escribió recientemente Evgeny Morozov en The Observer (2014), nuestro mundo tecno-kafkiano está siendo sometido a una regulación algorítmica a través de la innovación tecnológica. Eso empeorará exponencialmente en los próximos años. Nuestras actividades diarias serán monitoreadas por sensores como parte de la “optimización” de nuestras rutinas […].

La era de la regulación algorítmica estipula que seremos almacenados en una sociedad de feedback cibernético en la que los sistemas regulando nuestro comportamiento mantendrán su estabilidad aprendiendo constantemente y adaptándose a las circunstancias. Morozov remarca que las tecnologías que detectarán estafas con tarjetas de crédito o con impuestos no harán nada para contener a los hipermillonarios que alteran la ley a su favor. Estas tecnologías siempre serán evadidas por los ricos y poderosos.

Morozov cita al filósofo italiano Giorgio Agamben, quien escribe sobre la transformación de la idea de gobierno. Tenemos una relación tradicional cuando pensamos la jerarquía entre causas y efectos. Antes nos gobernaban las causas. Ahora la relación ha sido invertida y nos gobiernan los efectos. Esto es emblemático de la modernidad, de acuerdo con Agamben. Si el gobierno ya no quiere gobernar las causas sino sólo controlar los efectos, entonces estamos en problemas. No intentes buscar las causas de las enfermedades; tratá de mantenerte fuera del sistema de salud estando sano. Es el modelo de regulación algorítmica que siguen las empresas aseguradoras, de acuerdo a Morozov. Si nuestro ritmo cardíaco y nuestra presión sanguínea pueden monitorearse como un método de protección proactiva, ¿seremos considerados una desviación si decidimos rechazar a esos aparatos? ¿Seremos castigados con cuotas más caras para garantizar nuestro acceso a los hospitales?

En un mundo regulado cibernéticamente –que además está impulsado por la agenda pro-privatizaciones que tiene uno de sus núcleos en Sillicon Valley—si fallamos en hacernos cargo de nuestra salud,  ¿seremos castigados? ¿Seremos considerados un fracaso si “fallamos en mantenernos sanos”?

[…] Esto es lo que Morozov llama “política sin políticos” –una política identificada con un Estado que se basa en los metadatos–. A medida que el estudio de los datos agregados de los individuos se vuelve más sofisticado, esa información va al mejor postor y nuestros datos personales se convierten en acciones.

El Estado algorítmico está obsesionado con la reputación y el emprendedorismo. Un día, todos seremos nuestra propia marca y prácticamente todas nuestras interacciones sociales serán calificadas. Esto nos lleva a una cultura en la que se acepta que no tenemos manera de evitar amenazas a nuestra existencia, entonces nuestro deber sería equiparnos con los elementos necesarios para enfrentar individualmente esas amenazas […] Nos enfrentamos, en definitiva, a un ensayo acrítico de lo que Aldoux Huxley imaginó en 1932 al escribir Un mundo feliz. Y mientras el soma puede tener buen sabor, toda la vida se está volviendo etérea dentro de la caja de Internet.

Finalmente, un comentario sobre las redes sociales. Las redes sociales han ayudado a que las pequeñas ciudades —esas que tienen un mercadito, un correo, cinco iglesias y una fiesta anual del maíz— sean muy susceptibles a las teorías conspirativas acerca de supuestas intrigas armadas por “los comunistas, los socialistas y Naciones Unidas” para hacerse con el gobierno y tomar el poder. 

– ¿Cuál es, desde su perspectiva, el sujeto social que hoy podría enfrentarse más decisivamente al capitalismo?

–[…] Aquí concuerdo con mi amigo Peter Hudis en que la “globalización del capital” en las últimas cuatro décadas representa un esfuerzo por parte del capitalismo para asegurarse un mejor acceso a la mano de obra barata en un momento histórico en que el dominio de los medios de producción sobre los medios de consumo ha crecido en proporciones gigantescas, creando una baja en los beneficios a lo largo y ancho de todo el Occidente industrializado. ¿Qué causa, entonces, la expansión del sistema productivo? La respuesta es: la nueva fuerza de trabajo de cientos de millones de chinos, indios, iraníes, indonesios, mexicanos, etc. Y como Peter Hudis nota, un mercado debe ser entendido por lo que genera. Por ende, la búsqueda de nuevos mercados no es la causa de la expansión imperialista, sino su resultado.

Ahora bien: una economía capitalista racionalmente planificada –como las economías centralizadas que se comandaban desde el centro de la Unión Soviética—no es la respuesta, puesto que los factores que analizaba Marx […] se entendían en términos de “valor”, y la producción de valor es inherentemente irracional porque –como apunta Hudis— la distribución de las partes que componen la riqueza social tiene lugar a espaldas de sus productores.

Pues bien, el capitalismo es un sistema basado en la separación de los trabajadores de las condiciones objetivas de producción y la existencia del trabajo alienado. Entonces coincido con Hudis en que es imposible lograr que este sistema inherentemente irracional se vuelva racional a través de la planificación estatal y la ingeniería social.

Marx enfatizó la abolición de la producción de valor a través de la asociación libre de productores, quienes controlarían la producción y distribución de las partes que componen la riqueza social. Y hacia esa dirección deberíamos movernos. ¿Cómo llegaremos a eso? ¡Esa es la gran pregunta! […]

Ahora volvamos a la idea de “hacer la revolución”. Dejame explicarlo a través de otros recursos conceptuales y otra dialéctica. Me refiero al concepto de “negación de la negación” […]. Hemos visto a los países que fueron comunistas negar la propiedad privada —primera negación—. Eso fue un paso, pero ciertamente no fue lo que Marx pensaba por comunismo. La negación de la propiedad privada también precisaba ser negada. No sucedió, y eso explica por qué la Unión Soviética se quedó en un capitalismo de Estado, junto con los estados policiales del Bloque Oriental, y falló en alcanzar el comunismo, que es la negación de la negación del capitalismo.

Suena simplista y el problema podría desmenuzarse mucho más, por lo que pediré a los lectores que para mayores precisiones se aboquen al libro Marx concept of the alternative of Capitalism, de Peter Hudis […].

Y dejame terminar con esto […]. Podríamos identificar la primera negación —la Revolución Rusa— con la frase “yo NO soy un salario”. El énfasis está en el NO. Esto sería el equivalente a entender el poder de la negatividad, de decirle no al capital, pero es un acto preliminar lleno de predicamento, con poco sentido de la dirección o de autoconciencia. Es un movimiento desde la conciencia semi intransitiva hacia la conciencia transitiva naïve, en términos Freireanos. La primera negación aún no es autoconsciente y se mantiene en la superficie de las cosas, aunque uno ya reconoce un contraste palpable entre el mundo en el que uno vive y aquel en el que le gustaría vivir.

¿Qué hay de la segunda negación? Después de mucha acción y reflexión –lo que llamamos praxis— se trasciende la primera negación. Llegamos a la “negación de la negación”. Nos damos cuenta de que no hay soluciones simples. Comprendemos las complejidades de los desafíos y los problemas que nos rodean. Confiamos no en las opiniones o las polémicas, sino en los argumentos racionales. Investigamos y analizamos. Eso no se logra solamente leyendo libros en la biblioteca. Comenzamos por hacer acciones como resultado de nuestro compromiso ético con los oprimidos y con todos aquellos que sufren. Y lo descubrimos mediante el diálogo con otros, en nuestra comunión con otros (en otras palabras, en nuestras comunidades) y en nuestras investigaciones con otros (ojo: no en la investigación “sobre” otros, como si fueran peces en una pecera). Recurrimos a la teoría para ayudarnos a refinar nuestras acciones y usamos nuestras acciones para ayudarnos a refinar y discutir nuestras teorías. Como resultado, nuestra lucha se vuelve praxiológica.

En este punto la primera negación se transforma en la negación de la negación y puede resumirse en la frase: “Yo no SOY un salario”. El énfasis en esta instancia se pone en el SOY –en comprender lo positivo dentro de lo negativo, en entenderte como una fuente de transformación de lo real–; en comprobar que es a través de la negación que podemos cambiar el mundo. Esto es un proceso de advenimiento a la autoconciencia crítica en el sentido freireano, un devenir agente revolucionario auto-consciente, capaz de voltear al capitalismo en un sentido marxista (…). Es la conciencia de clase revolucionaria, el equivalente a decir: “soy la revolución”. En ese punto estamos conscientes. Y el paso siguiente es juntarnos para decir “somos la revolución”. Es la “experiencia pascual” en términos de Freire, una conversión hacia el pueblo, es decir hacia la lucha del pueblo, de los oprimidos. Una conversión hacia los pobres que, desde luego, es la piedra fundante de la Teología de la Liberación […].

“Yo no SOY un salario” significa lo que yo llamo agenciamiento protagónico, un agenciamiento que se produce cuando la persona se vuelve un actor que se conduce a sí mismo en el escenario de la vida y es capaz de tomar decisiones difíciles; un ser que muere para renacer del lado de los pobres y los oprimidos, que elige hacer historia antes que ser la víctima voluntaria de los designios maliciosos de otro.

Entrevista: Patrick Boulet – Facundo García/ Traducción: Facundo García

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