Entrevista exclusiva

Peter McLaren es mundialmente reconocido como uno de los fundadores de la Pedagogía Crítica. Desde Ohio (Estados Unidos), compartió con Trama y Contraluz algunas reflexiones sobre la tarea docente y ofreció, de paso, un durísimo diagnóstico sobre la actualidad.

Usted comenzó siendo lo que en Estados Unidos se denomina “progresista liberal” y luego optó por posturas más radicales. ¿Qué rol jugó la autocrítica en su vida, y especialmente en sus búsquedas teóricas? ¿Qué rol cree que debería jugar la autocrítica en la carrera de un docente?

–Es verdad lo que decís. Es cierto que he realizado un número de cambios ideológico/políticos a lo largo de las décadas. Lo cierto es que el campo de la formación docente en los Estados Unidos es un espacio de parálisis política pedagógicamente inducida, lo cual es muy peligroso, especialmente en este momento histórico en el que superpoderes nuclearizados podrían terminar con nuestra civilización –en una guerra hobbesiana de todos contra todos- y en un contexto en el que el ecocidio no es sólo algo potencial sino una realidad palpable.

Cuando vos escarbás en una teoría, develás una biografía. Con eso quiero decir que mis posiciones ideológicas y mis contribuciones teóricas a la Pedagogía Crítica están conectadas con mis antecedentes biográficos. Mi familia era de clase obrera: granjeros, obreros metalúrgicos y trabajadores golondrina de Canadá. Sin embargo mi padre, que nunca fue a la universidad, consiguió un puesto en una importante empresa de electrónica y por aproximadamente veinte años nos movimos dentro de la clase media baja. Yo fui el primero de mi familia que fue a la universidad.

La denominación “Pedagogía Crítica” ni siquiera existía cuando comencé mis estudios doctorales. La moda de la época era la “alta teoría” de origen predominantemente francés –Rousseau, Bourdieu, Lacan, Nancy, Lyotard, Foucault, Bataille, Luce Irigaray y Julia Kristeva, Hélène Cixous, Paul Ricoeur, etc. –. En 1980 publiqué lo que luego se convirtió en un bestseller dentro de Canadá —un diario de mis cinco años como maestro de una escuela primaria, enseñando en segundo, sexto, séptimo y octavo grado–. Se volvió una obra controversial, pero hoy creo que le faltaba teoría (eventualmente, agregué nuevos aportes teóricos y renombré el libro: de “Gritos en el corredor” pasé a “La vida en las escuelas”).

“Gritos en el corredor” fue elogiada por buena parte de la opinión pública, pero atacada en los foros académicos por su falta de marco teórico. Y los críticos tenían razón. El libro se publicó el mismo año en que comencé mi doctorado, y para mi disertación yo estaba decidido a hacer un estudio etnográfico adecuado utilizando un marco teórico de Pedagogía Crítica —mi exposición se publicó en 1986 con el título “Schooling as a Ritual Performance” (“La escolaridad como ritual”)—. Entonces yo estaba interesado por las teorías posmodernas.

Mi interés en el posmodernismo estuvo acicateado por algunas clases de Michel Foucault y Ernesto Laclau a las que tuve oportunidad de asistir. Eran profesores muy carismáticos. Recordemos que esto sucedía en una época de fuertes ataques al marxismo como una forma de reduccionismo económico, en paralelo a un cuestionamiento a la modernidad como bastión del eurocentrismo. Mientras, yo sentía una extraña atracción por las teorías posmodernas, aunque poco a poco empecé a gravitar hacia Marx; y al mismo tiempo me influyó el trabajo de Raya Dunayevskaya, C.L.R. James, Frantz Fanon, Karel Kosik, Paulo Freire, y por supuesto los teóricos de la Escuela de Frankfurt —especialmente los enfoques de Herbert Marcuse y de Walter Benjamin–.

Comencé a sospechar que los tipos de anti-humanismo y post-humanismo que sostenía la teoría posmoderna cargaban un enorme lastre de problemas. Como consecuencia, hacia 1995 dejé de describirme a mí mismo como un “posmoderno crítico”. Empecé a engancharme con el trabajo de teólogos de la liberación como Leonardo Boff, desarrollos como los de Enrique Dussel, Aníbal Quijano, Gustavo Gutiérrez, José Porfirio Miranda y muchos otros. Un interés que continúa hasta hoy, puesto que estoy muy interesado en revivir la teología de la liberación como parte de la Pedagogía Crítica.

Intentaré explicar mejor este cambio que hice. En tiempos en los que la teoría posmoderna se estaba convirtiendo en la corriente dominante dentro de las instituciones estadounidenses, yo asumía una postura crítica hacia ella, y describía mi trabajo como un “posmodernismo crítico”. Allá por 1995 comencé a abandonar ese “posmodernismo crítico” (en retrospectiva, veo que el posmodernismo crítico fe mi intento naïve de encontrar un lazo entre el posmodernismo y la teoría crítica). Comencé a reflexionar sobre la dirección que había tomado mi trabajo. Empecé a pensar la escolaridad dentro del capitalismo y la Pedagogía Crítica como un desafío a la hegemonía releyendo el enorme corpus de escritos de Marx, repasando a Hegel y desarrollando un análisis dialéctico de la escolaridad capitalista como un método de producción de formas específicas de mano de obra o de capacidades para trabajar en la sociedad capitalista.

Algunos de mis camaradas en Inglaterra se habían involucrado en un análisis crítico de mis trabajos tempranos, y pude pasar un tiempo discutiendo las cosas que ellos creían que estaban faltando en mi elaboración –básicamente, un vínculo más explícito con los escritos de Marx–.Muy temprano en mi vida académica me había movido desde un involucramiento ecléctico con los sociolingüistas, la alfabetización crítica, la semiótica y la hermenéutica crítica hacia lo que llegó a conocerse como el campo de los “Estudios Culturales”.

Henry Giroux y yo montamos el primer Centro de Educación y Estudios Culturales cuando enseñábamos en el mismo departamento de Liderazgo Educacional en la Miami University de Ohio en los ochenta y principios de los noventa. En principio, yo me focalicé en críticas ideológicas a los discursos culturales –la “sociología del conocimiento”—. Sin embargo, eso estaba insuficientemente conectado con las fuerzas sociales y las relaciones de producción –los enfoques carecían de dimensiones geopolíticas, geoespaciales y eco pedagógicas—y no abordaban una dimensión óntica relacionada con la corporalidad como lugar de enunciación. Pero —lo que es más importante— cuando yo estaba criticando al capitalismo lo hacía desde una visión weberiana de la estratificación de clases y fuentes de ingreso, más que desde el análisis que hace Marx acerca de la relación entre capital y trabajo.

Weber estaba interesado en la estratificación, y eso ha llevado a interminables debates sobre cuáles antagonismos deberían tener prioridades sobre otros. ¿La raza? ¿La clase social? ¿El género? ¿La sexualidad? ¿La discapacidad? Estas estratificaciones también están diferenciadas, y para comprender esas diferenciaciones más allá de lo superficial necesitamos la lógica de la abstracción de Marx y una ontología que tenga una capacidad profunda para analizar y comprender cómo las relaciones sociales, culturales e institucionales se vinculan internamente y se extienden más allá de situaciones concretas y limitadas.

En una época en que el post-humanismo ha reemplazado la racionalidad por la persuasión, la explicación por la observación mecánica, el criterio de conocimiento racional por el de oportunidad, el ser humano por un ser sujetado, los hechos por la pantomima ficcional, la comprensión de un concepto por su aceptación tácita y el estudio de la historia por una amnesia puerilmente motivada, creí necesario volver a la idea de la lucha de clases.

Los ochenta en la vida académica estadounidense tenían como idea central las políticas de la identidad –relacionadas fundamentalmente con el género, la raza y la sexualidad–. Y mientras este foco fue y es importante, se transformó, en mi mente, en un sustituto del análisis clasista o al menos en una distracción de las críticas al capitalismo. La escolarización capitalista, de hecho, puede y ha integrado la Crítica Cultural a su currículum, y anunció sin que muchos se opusieran sus objetivos en pos de la diversidad de géneros y etnicidades. Pero las críticas al capitalismo en los centros de formación eran y son casi inexistentes. Hoy un poco menos, gracias a la popularidad de los aportes que hizo Paulo Freire, pero aun así las preguntas sobre el capitalismo rara vez aparecen en las instituciones de formación docente como un tema central de los currículums.

Por otra parte, encontrarás fuertes denuncias contra el socialismo por ser “antiamericano”. Esto se verifica a lo largo de toda la vida cultural estadounidense, incluso cuando el gobierno provee “salvatajes” para los grandes bancos en tiempos de crisis económica, mientras dejan a los contribuyentes en ruinas. Algunos han llamado a esto “socialismo para los ricos, capitalismo para los pobres”.

Para resumir, la llamada revolución poscolonial en las universidades sin duda dejó su marca, pero lamentablemente muchos de sus aportes fueron hacia una forma post-revolucionaria de teoría burguesa, una preferencia por las reformas minúsculas en lugar de la revolución. No niego que algo aporta, como cuando la burguesía de izquierda lucha contra el racismo, el sexismo, el falocentrismo y la heteronormatividad. O sea: este movimiento de descolonizar el conocimiento oficial es importante, estoy de acuerdo. Pero en general, la izquierda (incluyendo a muchos marxistas) no tiene una concepción clara de las formas de organización que defiende.

Con el tiempo me di cuenta de que no todas las teorías occidentales son incapaces de comprender a lo no occidental, aunque muchas sí. No todas las críticas modernas de lo que no es europeo son intrínsecamente racistas —después de todo, ese es un argumento que usualmente se usa para descalificar a Marx (lo que no implica decir que Marx no tenía aspectos etnocéntricos en su trabajo) —.

Hoy no hay una prospección viable de victoria sobre el capitalismo porque, en parte, no hay objetivos claros. Solo hay protestas espontáneas. Entonces mi postura tiene que ver con que necesitamos una forma consistente de construcción de movimientos, y no estamos viendo eso. Estamos presenciando una resistencia a la autoridad, a la dominación, a la opresión, y mientras esto es importante, no nos estamos involucrando lo suficientemente en un diálogo críticamente reflexivo sobre el significado y las posibilidades de la emancipación humana. La idea de una nueva sociedad fuera de las formas de valor del trabajo en el capitalismo (el trabajo asalariado) debe ser concretada en una visión nueva –no una utopía imaginaria sino una utopía concreta que pueda avizorarse dentro de las mismas estructuras capitalistas–. Hoy necesitamos eso para ser un proyecto creativo que evite reificar las fuerzas represivas del Estado, o las formas de agenciamiento proletario que pueden generar los grupos oprimidos. Ahora mismo, frente a nosotros, lo que tenemos es una alianza de partidos populistas autoritarios y de derecha.

–En nuestras clases, frecuentemente nos quedamos sorprendidos ante un fenómeno que no era tan común años atrás: muchos estudiantes no parecen entusiasmados con las ideas del progresismo. Por el contrario, los docentes sentimos que las nuevas generaciones ubican el debate “siempre a la derecha”. ¿Cree que la derecha ganó la iniciativa en los debates pedagógicos? ¿En qué piensa cuando usted necesita sobreponerse a la sospecha de que quizá estemos perdiendo la batalla?

–Es una observación importante. Creo que la recepción de ideas progresistas entre los estudiantes es específica de cada contexto –y geográficamente específica también, pero ciertamente hay paralelos entre las juventudes que están circunscriptas por los aparatos mediáticos contemporáneos que trabajan al servicio del Estado Trasnacional Capitalista–. Dado que yo tengo una mayor familiaridad con el contexto norteamericano, me centraré fundamentalmente en esa región.

En las universidades de Estados Unidos, es inusual encontrar estudiantes que sigan públicamente la línea revolucionaria. Y no hay tantos profesores que hayan incursionado más allá de una racionalizacón de las concepciones políticas liberales y una política de “acomodarse al status quo”.

No hay muchos que estén conectados con la izquierda global. Ocasionalmente encontrarás estudiantes de artes que se sienten atraídos por el teatro de los oprimidos de Boal o ideas situacionistas como el évènement (“acontecimiento”). En contraste, los estudiantes de Educación parecen ser más conservadores. Algunos de los estudiantes más conservadores desde el punto de vista político están estudiando Economía y Ciencias Políticas.

En cambio los estudiantes que asisten al Instituto McLaren de Pedagogía Crítica, en México, por ejemplo, están más comprometidos políticamente que sus contrapartes en Estados Unidos, a pesar de que no hay una única perspectiva en nuestro Instituto. Tenemos profesores que han venido a enseñar desde Argentina, Venezuela, Cuba, Colombia y otros lugares.

Yo parto de una posición marxista humanista, que tiene más en común con Freire, o Karel Kosik, por citar a dos maestros. La fundadora de esta corriente en los Estados Unidos fue Raya Dunayevskaya, quien pasó un corto tiempo como traductora de León Trotsky en Coyoacán, en la ciudad de México, pero pronto se abrió de sus ideas.  Raya también estaba en contra del dogmatismo retrógrado del comunismo estalinista y criticó el trabajo de Adorno, acusándolo de estar sustituyendo la “revolución permanente” por la “crítica permanente”.

En esta época de relaciones sociales crecientemente fetichizadas, necesitamos claramente una nueva sociabilidad y praxis revolucionaria. Yo enseñé durante ocho años en Miami (Ohio), en una zona rural de lo que frecuentemente se denomina “el corazón de Estados Unidos”. Los estudiantes eran casi todos blancos. De hecho, había tantos rubios en el campus que cualquiera que tuviera pelo marrón se destacaba. Y a pesar de que yo tengo pelo rubio, el “color” de mi ideología era diferente. Me tomó mucho tiempo idear un modo de dar mis clases. En esa etapa yo no estaba como titular y la calificación que me pusieran los estudiantes era un factor fundamental si quería conservar mi puesto de trabajo. Pero me prometí que no iba a ceder a las inclinaciones políticas del entorno y que enseñaría de manera crítica. Yo era un hombre joven entonces; y los estudiantes parecían responder más a mi modo excéntrico de vestir que a lo que explicaba en mis clases.

Eventualmente, las chicas y chicos compartieron lo que yo les estaba enseñando con sus padres. Una vez, la hija de un alto mando militar dijo en medio de mi clase que yo era popular entre los estudiantes porque utilizaba “métodos comunistas de lavado de cerebro”. Algunos estudiantes (recuerden que estoy hablando del medio oeste de Ohio) trajeron a sus líderes religiosos a mi clase. El debate era si yo trabajaba o no para el Anticristo. Pero, aparentemente, los pastores encontraron que yo era solamente un poco bizarro y no una amenaza para su moral judeocristiana, o una amenaza para el país. Los pastores no fueron tan obtusos como mucha gente podría pensar.

Por estos años (mediados de los ochenta) mi hija estaba en la secundaria y durante una fiesta de Halloween un grupo de muchachos blancos sacó los trajes de Ku Klux Klan que habían utilizado sus padres y abuelos y persiguió a los estudiantes afroamericanos mientras gritaban consignas racistas. Los estudiantes fueron suspendidos por una semana: los Caballeros Blancos del Ku Klux Klan marcharon por la ciudad para apoyar a esos jóvenes. Cuando compartí esta experiencia con mis estudiantes al día siguiente, algunos defendieron a los muchachos suspendidos, diciendo que se sentían frustrados porque no los dejaban utilizar banderas confederadas (para muchos estadounidenses, la bandera confederada es símbolo del racismo), mientras los estudiantes afroamericanos sí podían llevar imágenes de Malcolm X o Martin Luther King. Esto era a fines de los ochenta. Los estudiantes blancos querían expresar su poder blanco. Era el tiempo de la Generación X. Ahora creo que los estudiantes blancos están todavía más enfurecidos y carentes de afecto. Están ansiosos por culpar a los inmigrantes y ciudadanos no blancos por los problemas económicos que socavan al país. Por supuesto, este es un mensaje que Trump proclama y fue uno de los factores que definieron la campaña en su favor y lo llevaron a la presidencia.

Actualmente estamos en la era de los millennials (la generación de los nacidos entre 1980 y 1994). Para 2020, los millennials serán el 35% de la fuerza de trabajo mundial y habrá una brecha etaria significativa entre los trabajadores más jóvenes y los más viejos.

Eso implica algunas dinámicas nuevas. Investigaciones recientes publicadas en el Personality and Social Psychology Bulletin sostienen que más graduados en los Estados Unidos se identifican hoy como conservadores que en las generaciones previas. En otras palabras, más gente joven se está identificando con los conservadores que en la época de la Generación X o los Baby Boomers. Estamos hablando de chicos que han finalizado la secundaria y comienzan la universidad: alrededor de un 30% de ellos se identifican como conservadores y Republicanos. Yo creería que hay una porción levemente superior de estudiantes que se identifican como progresistas o liberales, pero sin duda hay una tendencia hacia el conservadurismo a lo largo de Estados Unidos. Especialmente entre los blancos, que son rápidos para culpar a los inmigrantes y al “distinto” por los apuros económicos que padecen.

En comparación con décadas anteriores, hay una mayor polarización política entre los estudiantes, en la medida en que más estudiantes se están moviendo hacia la derecha política y el partido Republicano. No mucha gente sabe que hay un crecimiento de las “milicias blancas”, principalmente en áreas rurales. Los neonazis y los suprematistas blancos están ganando fuerza. Pero al mismo tiempo –y esto podría ser una noticia buena o mala- existe un creciente número de estudiantes que se identifican como “independientes”. No se sienten parte del partido Demócrata ni del Republicano. Ciertamente hay una enorme vertiente de gente joven que se inclina por George Sanders, que es asociado abiertamente con el socialismo (una rareza política en los Estados Unidos). Eso es una señal alentadora. Pero no hay suficientes militantes de Sanders para dar vuelta la taba contra Trump, por lo menos no por ahora.

El estudio del Personality and Social Psychology Bulletin también destacó que, hablando en términos generales, más estadounidenses se identifican como liberales a los 18 años pero se van volviendo conservadores a medida que pasa el tiempo. La confianza en el gobierno y las corporaciones es muy bajo, y entre los estudiantes de la universidad hay un enojo creciente ante el alto costo de la educación superior –muchos pibes, cuando terminen su formación, estarán cargados con una deuda similar a la hipoteca que necesitás para comprarte una casa–.

Experiencias con estudiantes conservadores he tenido muchas. Cuando fui profesor en la Universidad de California, entre 1993 y 2013, la mayoría de mis estudiantes doctorales eran latinos o afroamericanos y tenía una respuesta mucho más positiva ante el contenido de mis clases –aunque en 2006 fui denunciado por una organización de derecha como “el profesor más peligroso”: ofrecían a los estudiantes cien dólares para que grabaran los audios de mis clases en secreto y cincuenta por darles los apuntes–.

Ahora estoy en una universidad privada de una pequeña ciudad. Es una comunidad muy conservadora, y mientras estoy tipeando estas respuestas en un café local, alguna gente me está mirando feo porque en mi laptop tengo una calcomanía contra Trump. Los estadounidenses están despistados ante su propia falta de certezas –el negacionismo económico es rampante-. En este negacionismo estamos promoviendo el exterminio de nuestra democracia, y la recesión global de 2008 es la mejor analogía de nuestro futuro económico. Aquella recesión supuestamente iba a “resetear” la economía en una dirección diferente, pero vamos hacia más y quizá peores recesiones.

El contexto no es para festejar. David Wallace-Wells ha escrito sobre lo cerca que estamos del desastre planetario, y lo liga a nuestro uso de combustibles fósiles desde el siglo XVIII, puesto que hasta ese momento el mundo vivía casi en un nivel de subsistencia. Él nos advierte que por cada medio grado centígrado de calentamiento global se espera un incremento de 10 o 20 por ciento de los conflictos armados. Por la misma lógica, escribe que si el planeta subiera su temperatura en cinco grados habría muchas más guerras que las que hay hoy –de hecho, el conflicto social podría duplicarse durante este siglo–. Ya hay aproximadamente 65 millones de personas pululando, desplazadas de sus hogares y relaciones como resultado de la guerra y las migraciones forzadas que implica.

Imagino que cuando los estudiantes se topan con estas noticias se preguntan: ¿Cómo es que el mundo se ha convertido en un lugar tan difícil? ¿Por qué hay tantos conflictos y padecimientos? ¿Qué tendré que hacer para tener los productos que me ofrece la televisión? ¿Cómo conseguiré un trabajo, y cómo haré para mantenerlo con tantos cambios dramáticos en la economía mundial? Habitamos un territorio fuertemente disputado, en el que los conflictos están emergiendo con velocidad creciente. Nuestras identidades políticas se están volviendo más fracturadas, a medida que la demografía racial, cultural y económica se va modificando.

Aquí en Estados Unidos, los ciudadanos que viven en comunidades rurales abrumadoramente blancas, políticamente conservadoras y religiosamente fundamentalistas –y que viven de las manufacturas y los combustibles fósiles—están encontrando cada vez más dificultades para compartir su país con otros grupos raciales, religiosos y culturales que tienen valores y prácticas distintas. Grupos de blancos mayores, especialmente en las zonas rurales, se sienten traicionados por el gobierno y han sido convencidos por los políticos conservadores, las Iglesias de derecha y los medios; y por lo tanto creen que los inmigrantes de Latinoamérica y de países musulmanes son los responsables de su sufrimiento, junto con los gays, las lesbianas, las feministas y los grupos activistas en defensa de los afroamericanos como Black Lives Matter.

Hoy los datos duros son vistos como “falsas noticias” antes que como verdades dolorosas. Necesitamos aprender a reconocer lo transparentemente obvio tanto como a usar el sentido crítico en la indagación de los cavernosos y caleidoscópicos contornos de la oscuridad. De lo contrario, estas verdades inconvenientes serán tratadas como mentiras gloriosas por los vasallos de la clase capitalista trasnacional.

Aquí donde vivo, una mayoría de republicanos dice que las universidades estadounidenses tienen un efecto negativo sobre el país. Esa tendencia está encabezada por personas que no tienen título superior. De hecho, una encuesta reciente del Pew Research Center mostró que una porción significativa de la población estadounidense ve con desconfianza a las universidades. Casi el 60% de los republicanos y conservadores independientes ve a los colleges como un factor que impacta negativamente en la sociedad. Desde luego, ese no es el caso de los Demócratas. Aproximadamente tres cuartos de los demócratas e independientes liberales ve a los colleges y universidades  como un factor positivo.

En tanto, lo que resulta más irritante es la falta de compasión o empatía ante los inmigrantes, los pobres, aquellos que tienen problemas mentales o están desempleados. Existe, de hecho, una crisis de opioides entre poblaciones blancas pobres. Un sheriff notorio de Butler County (Ohio), Richard Jones, sugirió que Estados Unidos debía lanzar una de sus bombas más grandes en los carteles de droga que se han hecho con el poder de algunas zonas de México. En lo que se refiere a los adictos al opio de su propio distrito no dijo nada. Hay una droga, Naxolone o Narcan, un medicamento que revierte la sobredosis de opioides, que podría salvar las vidas de los adictos; pero él se resiste a que este medicamento se aplique. Opina que salvar la vida de los adictos sería “aprobar” el uso de las drogas. Jones dijo: “Lo que hace Narcan es salvar la vida de la persona hasta el día siguiente”. Así que el buen Sheriff cuenta que no tiene planes de que sus agentes lleven Naxolone en sus patrullajes, con lo que se pone en riesgo la vida de miles de estadounidenses.

Con ese grado de cinismo en todas partes, ¿qué hay de sorprendente en la falta de esperanza que tienen los jóvenes?

– ¿Cómo cree que está impactando en los estudiantes el desarrollo de las tecnologías digitales y el avance del capitalismo financiero?

–Siento que olas de turbio descontento nos impulsan a las calles, y nos preguntamos qué le pasa a este país, que desde 1985 es mi tierra adoptiva (nota del traductor: se refiere a EE.UU). Como en el caso de la European Identitarian Movement (IB) que difunde la vil narrativa de que los migrantes están destruyendo el andamiaje social europeo, muchos jóvenes de la extrema derecha de los Estados Unidos que tienen menos de treinta años y que predican ante su creciente número de seguidores acerca de “defender su patria de las hordas migrantes que un día podrían convertirlos en minorías en su propia casa” consideran que están haciendo un acto de patriotismo. Bien, para entender este fenómeno necesitamos vincularlo con el sistema de relaciones sociales dentro de la producción capitalista y la creación de una clase capitalista trasnacional y un Estado Capitalista Trasnacional –y, desde ya, con el surgimiento de movimientos populistas autoritarios–.

Con su mano escondida apretando la tráquea del Tío Sam, mientras su esfínter se dilata como la mandíbula dislocada de una serpiente pitón expeliendo la más horrenda de las drogas sobre el cerebro de la opinión pública, el capitalismo de la austeridad ha conquistado un control completo del gobierno de los Estados Unidos, los aparatos corporativos y militares. Y lo que estamos viendo es la consolidación de la vigilancia de Estado trasnacional.

No hay más que mirar lo que pasa en las calles. Al momento en que escribo esto, más de 660 personas han sido asesinadas por la policía estadounidense en 2017. Si contrastamos esas cifras con las de las otras llamadas naciones “desarrolladas”, ninguna otra tiene ni el 10% de ese número. En la escena política, los neoconservadores de los partidos Demócrata y Republicano han forjado una alianza que quita la respiración por su odio y brutalidad.

Howard Fineman lista los objetivos de la extrema derecha del gabinete de Trump como sigue:

  • Nominar jueces jóvenes y agresivamente conservadores que puedan mantenerse en su puesto por períodos extremadamente largos, la mayoría de ellos promovidos por la Federalist Society, un grupo de juristas que se autodescribe como conservador y libertario y que cuenta con miles de miembros, muchos de los cuales son precisamente jueces.
  • Desmantelar las estructuras de regulación económica tanto como puedan (sin necesidad de que medie legislación). Estructuras que, en muchos casos, fueron inicialmente diseñadas por los republicanos hace cien años, durante el gobierno de Theodore Roosevelt.
  • Remover los procedimientos de protección de los derechos civiles que se venían construyendo con mucho esfuerzo a lo largo de años y que se oponían al racismo, las persecuciones y el encarcelamiento arbitrario.
  • Minar el rol de la ciencia y las preocupaciones ambientales en la vigilancia y el control de las industrias energéticas, de manufactura y de transporte.
  • Endurecer las políticas migratorias y —esquivando la legislación— abolir la idea de que los inmigrantes representan cualquier tipo de responsabilidad moral en la consciencia de los estadounidenses.
  • Restringir, si no estrangular, protecciones al derecho a votar que se venían consiguiendo de un modo muy esforzado desde los sesenta (y esa es una de las metas más fundacionales de la extrema derecha, si no la más).

Pero déjenme volver a lo que estaba diciendo sobre el “viraje financiero” de la acumulación en los ochenta y los noventa, y la formación de la clase capitalista trasnacional y el Estado Trasnacional Capitalista. Estas ideas se basan en elaboraciones de mi amigo William I. Robinson en la Universidad de Santa Bárbara (California). Robinson ha indicado, utilizando datos empíricos, que hay una correlación directa entre la escalada de desigualdades globales y la liberalización de los mercados, la desregulación, el mercado libre, etc. desde los ochenta en adelante. De acuerdo a Robinson, este hecho refuta las reivindicaciones de los neoliberales.

Si dudamos de lo que dicen Robinson y otros muchos críticos del capitalismo, entonces todo lo que tenemos que hacer es presenciar la increíble escalada de desigualdades a lo largo y ancho del planeta, entre los países y también dentro de ellos. Hay algunos datos dramáticos de los reportes anuales que ofrece Oxfam.

En segundo lugar, Robinson nota que los países que han registrado un mayor crecimiento y prosperidad en esta era neoliberal son precisamente aquellos que no han seguido las prescripciones de desregulación y retirada del Estado. En ese grupo destaca particularmente China.

Un tercer punto que enfatiza Robinson es que, históricamente, estos países que se han industrializado y desarrollado nunca lo han hecho a través de políticas de libre mercado. Ni los Estados Unidos, ni Europa, ni Japón, ni China. Todos han seguido políticas duras de intervención estatal para guiar las fuerzas del mercado, los sectores públicos, la protección de la industria, etc. En otras palabras, han una correlación entre el desarrollo y el rechazo de las políticas neoliberales.

Cuarto, Robinson clama lo que otros ambientalistas han apuntado, es decir, que estamos al borde de un holocausto ecológico, como lo confirman el 97% de los científicos y toda la evidencia. Cualquier salvación requerirá una intervención masiva de los estados para redireccionar (si no suprimir) las fuerzas del mercado, lo que es un anatema para los neoliberales. Aún si se demostrara que el neoliberalismo incrementa el crecimiento, lo cual es falso, el tipo de crecimiento desregulado que genera deriva en una catástrofe ecológica. Utilizando datos empíricos, Robinson dice que hay una correlación directa entre liberar el capital y los mercados del control público y la regulación, por un lado, y el incremento de los gases de efecto invernadero y la destrucción de la naturaleza por el otro.

Y por supuesto, en medio de todo esto tenemos estudiantes creciendo en un universo digital que ofrece una amplia gama de artefactos que nos ponen ataduras ontológicas, pero que usualmente crean un efecto rebote en el que las personas se vuelven escapistas, mientras las posibilidades de generar nuevo conocimiento en ese sentido quedan subordinados a las fuerzas y relaciones con el capital.

En una reciente entrevista, el artista y músico Richard Hell notaba que:

“Parece haberse aceptado completamente que el deseo del músico hoy –y esto me da asco- es manipular fórmulas de una manera tal que se planten canciones en tu cabeza y no puedas escapar de ellas. La canción se inserta en tu mente y estás indefenso, porque el tema está basado en una cantidad medida de ritmos y una proporción estudiada de estrofas antes de que venga el estribillo. Para esta gente, componer es como crear una enfermedad. Es como manufacturar un virus que no tiene defensa y que se quedará con tu pensamiento. Más que venir de un deseo genuino de comunicar algo o de la necesidad de transmitir emociones reales, lo que abunda es la manipulación de la electrónica de manera tal que te atontes y te dejes dominar”.

Para mí, esas palabras capturan una dimensión del dilema que representan las nuevas tecnologías.

La infraestructura que más se beneficia de la velocidad con la que circula la información y la regulación de sus flujos está hoy en manos de la clase capitalista trasnacional. Cuando esa información se vuelve commodity y entra a la vida social con un valor de cambio, puede vincularse fácilmente a la educación, puesto que se la utiliza para generar modos específicos de fuerza de trabajo.

El Capital está constituido por y a través de los seres humanos y su trabajo; ya que nos creamos al mismo tiempo que somos creados por el capital. El impulso por “devenir” humano es necesariamente un impulso contradictorio, ya que se produce en una espiral de feedback en el que continuamente creamos aquello que se nos opone. No importa cuán determinados a hacerlo podamos estar, es imposible soportar ese cambio sobre una base meramente individual. Se requieren formas colectivas de lucha revolucionaria. Para resistir la reducción de nuestras personalidades a mero capital humano/fuerza de trabajo necesitamos luchar por una alternativa socialista al capitalismo. Debemos resistir y transformar fundamentalmente las relaciones sociales que generan las contradicciones que obstaculizan nuestra vocación ontológica de volvernos plenamente humanos, como diría Freire.

¿En qué entorno económico se produce el proceso educativo hoy? Vendemos nuestra fuerza de trabajo para producir la sustancia básica que conforma nuestro universo social, el valor. No la riqueza en sí, sino la riqueza monetarizada, y el trabajo bajo su valor de cambio. Ahora: la fuerza de trabajo, nuestra capacidad de trabajar, se transforma en trabajo real mediante un proceso –el proceso laboral- y ese es el caso de todas las sociedades. Lo que diferencia a las sociedades, si las vemos a lo largo de la historia, son las diferentes modalidades que adquiere el trabajo –trabajo esclavo, trabajo feudal, trabajo bajo el capitalismo global, bajo el capitalismo trasnacional, etc. –.

Bajo el capitalismo, la fuerza laboral es una mercancía y cobra la forma de capital humano. La lucha de clases es, desde luego, una forma de resistirse a eso. Los aspectos laborales de nuestra educación, nuestra capacidad de trabajar, tiene un gran peso en el proceso de creación de valor en el capitalismo. La escuela pregunta: ¿qué clase de fuerza de trabajo requieren la industria y las corporaciones?, y les ofrece a los estudiantes oportunidades de ganar puestos que se demandan. Los que no se adaptan o no alcanzan a cumplir estas expectativas quedan a merced de empleos mal pagos, como vender hamburguesas en McDonald’s. Simplemente no hay suficientes empleos con paga decente para todos.

Claro que la división del trabajo está enfrentando una reorganización masiva, y mucho de esto tiene que ver con una nueva forma de tipología política surgida con las tecnologías de la información y las nuevas disciplinas de investigación. Es urgente reconocer su poder y realidad. Como le gustaba decir a Marx: “trascender lo que nos tiene sujetados implica seguir el camino de otras auto-sujeciones” (en inglés, “the transcendence of self-estrangement follows the course of self-estrangement”).

Profundicemos un poco más en esto de las tecnologías digitales. Aquí me gustaría repetir un comentario que hice en una entrevista reciente con Peter Jandric para su libro Learning in the Digital Age. Como escribió recientemente Evgeny Morozov en The Observer (2014), nuestro mundo tecno-kafkiano está siendo sometido a una regulación algorítmica  través de la innovación tecnológica. Eso empeorará exponencialmente en los próximos años. Nuestras actividades diarias serán monitoreadas por sensores como parte de la “optimización” de nuestras rutinas.

Pronto Google mediará, monitoreará y reportará todo lo que hacemos. Procter & Gamble ha creado un “guardián de gérmenes” que utiliza sensores para monitorear las puertas de los baños públicos. La alarma suena si te estás yendo y no pulsaste el dispenser de jabón. Morozov menciona que Google planea expandir el uso del sistema operativo Android para incluir relojes, autos, termostatos y más. Los “colchones inteligentes” que detectan tu respiración y ritmo cardíaco, así como cuánto te movés en la noche; y smartphones que miden cuántos pasos das cada día; o herramientas que miden cuánto gastás frente a cuánto ganás, más “avances” como los autos a control remoto que pueden ser frenados a distancia si te persigue la policía –todo esto irá regulando más y más nuestro comportamiento–.

Cuando Apple patenta la tecnología que hace que tu teléfono bloquee el envío de textos si detecta que estás manejando, y cuando el reconocimiento facial se está empezando a usar para chequear si el que maneja un auto es el dueño, tenemos derecho a ser cautos.

La era de la regulación algorítmica estipula que seremos almacenados en una sociedad de feedback cibernético en la que los sistemas regulando nuestro comportamiento mantendrán su estabilidad aprendiendo constantemente y adaptándose a las circunstancias. Morozov remarca que las tecnologías que detectarán estafas con tarjetas de crédito o con impuestos no harán nada para contener a los hipermillonarios que alteran la ley a su favor. Estas tecnologías siempre serán evadidas por los ricos y poderosos.

Morozov cita al filósofo italiano Giorgio Agamben, quien escribe sobre la transformación de la idea de gobierno. Tenemos una relación tradicional cuando pensamos la jerarquía entre causas y efectos. Antes nos gobernaban las causas. Ahora la relación ha sido invertida y nos gobiernan los efectos. Esto es emblemático de la modernidad, de acuerdo con Agamben. Si el gobierno ya no quiere gobernar las causas sino solo controlar los efectos, entonces estamos en problemas. No intentes buscar las causas de las enfermedades; tratá de mantenerte fuera del sistema de salud estando sano. Es el modelo de regulación algorítmica que siguen las empresas aseguradoras, de acuerdo a Morozov. Si nuestro ritmo cardíaco y nuestra presión sanguínea pueden monitorearse como un método de protección proactiva, ¿seremos considerados una desviación si decidimos rechazar a esos aparatos? ¿Seremos castigados con cuotas más caras para garantizar nuestro acceso a los hospitales?

En un mundo regulado cibernéticamente –que además está impulsado por la agenda pro-privatizaciones que tiene uno de sus núcleos en Sillicon Valley—si fallamos en hacernos cargo de nuestra salud,  ¿seremos castigados? ¿Seremos considerados un fracaso si “fallamos en mantenernos sanos”?

Bueno, Morozov da en el blanco cuando dice que esto pondría en aprietos a las compañías de comida rápida, a la vez que no tendría en cuenta las diferencias de clase o la inequidad. Todos deberíamos estar atentos a la condición de nuestra caca porque si no la vigilamos suficientemente, entonces será nuestra responsabilidad el habernos enfermado. ¡Olvidate de la explotación que hacen las empresas alimentarias y farmacéuticas! Esto es lo que Morozov llama “política sin políticos” –una política identificada con un Estado que se basa en los metadatos–. A medida que el estudio de los datos agregados de los individuos se vuelve más sofisticado, esa información va al mejor postor y nuestra data personal se convierte en acciones que cotizan.

El Estado algorítmico está obsesionado con la reputación y el emprendedorismo. Un día, todos seremos nuestra propia marca, y prácticamente todas nuestras interacciones sociales serán calificadas. Esto nos lleva a una cultura de la resiliencia en la que se acepta que no tenemos manera de evitar amenazas a nuestra existencia. Entonces nuestro deber sería equiparnos con los elementos necesarios para enfrentar individualmente esas amenazas.

Este mundo que Morozov describe intentará saltarse minuciosamente asuntos serios que enfrenta la humanidad, como la igualdad económica y la emancipación. Por el contrario, los mecanismos de feedback en tiempo real generarán una homeostasis de superficies pulidas, políticas de aerosol y relaciones sociales epidérmicas basadas en el consumo. Lo que queda borrado son las relaciones sociales de producción y cómo estas relaciones se conectan con la centralización de las emisiones informativas. Nos enfrentamos, en definitiva, a un ensayo acrítico de los que Aldoux Huxley imaginó en 1932 al escribir Un mundo feliz. Y mientras el soma puede tener buen sabor, toda la vida se está volviendo etérea dentro de la caja de Internet.

Finalmente, un comentario sobre las redes sociales. Las redes sociales han ayudado a que las pequeñas ciudades –esas que tienen un mercadito, un correo, cinco iglesias y una fiesta anual del maíz- sean muy susceptibles a las teorías conspirativas acerca de supuestas intrigas armadas por “los comunistas, los socialistas y las Naciones Unidas” para hacerse con el gobierno y tomar el poder.

La John Birch Society (una organización suprematista blanca y anti-inmigrante) está creciendo en número, sobre todo en estados como Texas, donde el objetivo es conservar el país blanco, retirarse del NAFTA y mantener a la sociedad aislada del resto del mundo, y especialmente de Naciones Unidas, que es percibida como “un instrumento que tiene el comunismo para la conquista global”. Bienvenidos al sueño americano.

– ¿Cuál es, desde su perspectiva, el sujeto social que hoy podría enfrentarse más decisivamente al capitalismo?

–Muchas veces se me acercan liberales o personas de izquierda para decirme que necesitamos medidas que nos provean de un modo más centralizado de planificar el capitalismo, para lograr que los recursos sean distribuidos más equitativamente entre el capital y el trabajo. Ciertamente, esto sería de alguna ayuda. Pero al mismo tiempo quiero discutir esta idea de que una planificación centralizada del capitalismo –aún con la abolición de la propiedad privada- es una respuesta suficiente a los problemas que enfrentamos hoy. Es un paso, pero nada más.

Marx enfatizó el dominio de los medios de producción sobre los medios de consumo. Para Marx, los elementos materiales de la producción incluían la fuerza de trabajo, las materias primas y los medios de producción. La reproducción expandida requería mayores inversiones en los medios de producción y en esto no se refería al tamaño o el alcance del mercado, sino a los elementos materiales de producción de que disponían los capitalistas. El problema más serio para Marx era que la mayor parte de la riqueza social es consumida por el capital y no por el pueblo, en la medida en que el capital constante empieza a derivarse desproporcionadamente hacia los medios de producción. Aquí estoy en desacuerdo con aquellos que sostienen que el imperialismo está impulsado solamente por la necesidad capitalista de descubrir nuevos mercados para colocar los excedentes. Eso puede ser verdad en cierta medida, pero tiendo a pensar que el imperialismo tiene más que ver con la necesidad capitalista de obtener más materiales de producción, como las materias primas y la fuerza de trabajo.

Aquí concuerdo con mi amigo Peter Hudis en que la “globalización del capital” en las últimas cuatro décadas representa un esfuerzo por parte del capitalismo para asegurarse un mejor acceso a la mano de obra barata en un momento histórico en que el dominio de los medios de producción sobre los medios de consumo ha crecido en proporciones gigantescas, creando una baja en los beneficios a lo largo y ancho de todo el Occidente industrializado. ¿Qué causa, entonces, la expansión del sistema productivo? La respuesta es: la nueva fuerza de trabajo de cientos de millones de chinos, indios, iraníes, indonesios, mexicanos, etc. Y como Peter Hudis nota, un mercado debe ser entendido por lo que genera. Por ende, la búsqueda de nuevos mercados no es la causa de la expansión imperialista, sino su resultado.

Ahora bien: una economía capitalista racionalmente planificada –como las economías centralizadas que se comandaban desde el centro de la Unión Soviética—no es la respuesta, puesto que todos los factores que manejaba Marx, como el capital constante, la producción, la circulación y la distribución se entendían en términos de “valor”. Y la producción de valor es inherentemente irracional porque –como apunta Hudis— la distribución de las partes que componen la riqueza social tiene lugar a espaldas de sus productores. El capitalismo es un sistema basado en la separación de los trabajadores de las condiciones objetivas de producción y la existencia del trabajo alienado. Entonces coincido con Hudis en que es imposible lograr que este sistema inherentemente irracional se vuelva racional a través de la planificación estatal y la ingeniería social.

Marx enfatizó la abolición de la producción de valor a través de la asociación libre de productores, quienes controlarían la producción y distribución de las partes que componen la riqueza social. Y hacia esa dirección deberíamos movernos. ¿Cómo llegaremos a eso? ¡Esa es la gran pregunta! ¡La izquierda global debe trabajar para que esto ocurra! Llegado este punto, no tenemos ningún plan viable para alcanzar la hegemonía. Las revoluciones caen presas de medidas de austeridad. Un régimen es reemplazado por otro. Más medidas de hambre son impuestas. Necesitamos desesperadamente una alternativa viable al trabajo bajo la modalidad del valor. Y el reloj ambiental sigue corriendo. Casi estamos en el punto de no retorno.

Ahora volvamos a lo que decía sobre “hacer la revolución”. Dejame explicarlo a través de otros recursos conceptuales y otra dialéctica. Me refiero al concepto de “negación de la negación”. Necesitamos entender, desde luego, que la dialéctica trabaja en todo lugar del universo en que existe el movimiento. No tengo tiempo de explayarme mucho más en ese sentido. Pero examinemos esta idea de que el planeamiento central del capitalismo puede ser la respuesta a las amenazas que enfrentamos.

Hemos visto a los países que fueron “comunistas” negar la propiedad privada –primera negación–. Eso fue un paso, pero ciertamente no fue lo que Marx pensaba por comunismo. La negación de la propiedad privada también precisaba ser negada. No pasó, y eso explica por qué la Unión Soviética se quedó en un capitalismo de estado, junto con los estados policiales del bloque oriental, y falló en alcanzar el comunismo, que es la negación de la negación del capitalismo.

Suena simplista y el problema podría desmenuzarse mucho más, por lo que pediré a los lectores que para mayores precisiones se aboquen al libro Marx concept of the alternative of Capitalism, de Peter Hudis. Ann Fairchild Pomeroy tiene un modo de describir la negación de la negación desde la filosofía, como un acto de autodeterminación que “se oye hablar a sí mismo”.

Y dejame terminar con esto. La idea (como negación) en la consciencia humana está de oferta bajo el régimen capitalista, toda vez que los humanos son forzados a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Hasta las ideas se compran y se usan por parte de los capitalistas para conseguir la plusvalía. La única commodity que sigue viva en esta transacción es el trabajador. Aunque el órgano de la revolución es la idea. Y podríamos identificar la primera negación –la Revolución Rusa- con la frase “yo NO soy un salario”. El énfasis está en el NO. Esto sería el equivalente a entender el poder de la negatividad, de decirle no al capital, pero es un acto preliminar lleno de predicamento, con poco sentido de la dirección o de autoconciencia. Es un movimiento desde la conciencia semi intransitiva hacia la conciencia transitiva naïve, en términos Freireanos. La primera negación aún no es autoconsciente y se mantiene en la superficie de las cosas, aunque uno ya reconoce un contraste palpable entre el mundo en el que uno vive y aquel en el que le gustaría vivir.

¿Qué hay de la segunda negación? Después de mucha acción y reflexión –lo que llamamos praxis—se trasciende la primera negación. Llegamos a la “negación de la negación”. Nos damos cuenta de que no hay soluciones simples. Comprendemos las complejidades de los desafíos y los problemas que nos rodean. Confiamos no en las opiniones o las polémicas, sino en los argumentos racionales. Investigamos y analizamos. Eso no se logra solamente leyendo libros en la biblioteca. Comenzamos por hacer acciones como resultado de nuestro compromiso ético con los oprimidos y con todos aquellos que sufren. Y lo descubrimos mediante el diálogo con otros, en nuestra comunión con otros (en otras palabras, en nuestras comunidades) y en nuestras investigaciones con otros (ojo: no en la investigación “sobre” otros, como si fueran peces en una pecera). Recurrimos a la teoría para ayudarnos a refinar nuestras acciones y usamos nuestras acciones para ayudarnos a refinar y discutir nuestras teorías. Como resultado, nuestra lucha se vuelve praxiológica.

En este punto la primera negación se transforma en la negación de la negación y puede resumirse en la frase: “Yo no SOY un salario”. El énfasis en esta instancia se pone en el SOY –en comprender lo positivo dentro de lo negativo, en entenderte como una fuente de transformación de lo real–. En entender que es a través de la negación que podemos cambiar el mundo. Esto es un proceso de advenimiento a la autoconsciencia crítica en el sentido freireano, un devenir agente revolucionario auto consciente, capaz de voltear al capitalismo en un sentido marxista. Como destaca Ann Fairchild Pomeroy, esto requiere un giro ontológico. Para Freire, es un giro de la intransitividad a la transitividad. Es la consciencia de clase revolucionaria, el equivalente a decir: “soy la revolución”. En ese punto estamos conscientes. Y el paso siguiente es juntarnos para decir “somos la revolución”. Es la “experiencia pascual” en términos de Freire, una conversión hacia el pueblo, es decir hacia la lucha del pueblo, de los oprimidos, una conversión hacia los pobres, que, desde luego, es la piedra fundante de la Teología de la Liberación.

Aquí los revolucionarios trabajan desde una consciencia transitiva, en la que comprenden profunda y dialécticamente la lucha revolucionaria mientras al mismo tiempo están abiertos a revisar sus interpretaciones. Además evitan lo que Freire llamó una “consciencia fantasiosa”, un entendimiento que está centrado más en la emoción que en la razón –lo que explica por qué muchos blancos pobres han votado por Trump, a quien admiran no por sus políticas racionales sino por sus destemplados ataques al establishment y las élites de Washington y su odio por los inmigrantes–.

“Yo no SOY un salario” significa lo que yo llamo agenciamiento protagónico, un agenciamiento que se produce cuando la persona se vuelve un actor que se conduce a sí mismo en el escenario de la vida y es capaz de tomar decisiones difíciles; un ser que muere para renacer del lado de los pobres y los oprimidos, que elije hacer historia antes que ser la víctima voluntaria de los designios maliciosos de otro.

Entrevista: Patrick Boulet – Facundo García

Traducción: Facundo García

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TRAMA Y CONTRALUZ2 (1)

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