El silenciero

Comenzamos en este número con una sección llamada “El Silenciero”, reutilizando aquella bella palabra que inventó nuestro Antonio Di Benedetto. 

Será un espacio para recuperar memoria, donde intentaremos rescatar y difundir a quienes por diferentes motivos no ocupan los primeros planos de los medios oficiales.

Y empezamos muy arriba, con el recuerdo de un “Maestro” en el más popular sentido del término. Nos referimos a Eduardo Paganini, aquel de los institutos del Valle de Uco. Nos acompañará en este viaje la voz de nuestra colega Inés Peñafort.

DÓNDE ESTÁS CON TUS OJOS CELESTES

Por Inés Peñafort*

Este texto pretende esbozar brevemente una semblanza del profesor Eduardo Paganini, recientemente fallecido, quien, desde su perfil de docente crítico, su pensamiento divergente y su compromiso con la educación entendida como práctica política, impactó fuertemente la subjetividad  de colegas y estudiantes.

Tomo prestado de Daniel Moyano el título para este texto, porque fue el libro que discutimos Eduardo y yo la última vez que nos vimos y fue algo así como un anuncio. Las narraciones biográficas proliferan con diferentes formatos, aumentadas hasta el límite con lo obsceno por las posibilidades que la tecnología les abre. Pienso en la vida cotidiana y en la literatura, en las peluquerías y almacenes de barrio (santuarios de biografías) y en ciertas prácticas escolares y no escolares sobre la literatura.

Porque el primer acercamiento al texto es intersubjetivo y  biográfico: alguien fue el/la responsable de ese tedio insondable o de esas palabras que nos cambiaron la visión del mundo y que nos abrieron posibilidades de pensamiento y vivencias insospechadas. Quizá toda escritura es una biografía, que habilita leer “la vida” desde el flash de “una vida”, la breve vida de un sujeto cualquiera atravesado por y atravesando la historia.

Para comenzar, una escena recurrente: profesor/a de primer año de Lengua y Literatura Nivel Superior intentando “recuperar conocimientos previos” para  acercarse al objeto de estudio. Sobrecogedora tristeza al descubrir que los estudiantes han pasado muchos años leyendo publicidades, instructivos para armar muebles, recetas de cocina, periódicos varios y revistas dominicales. Una vez, creen, leyeron con una profesora “Bodas de sangre” y un pedacito del “Martín Fierro”. ¿Qué ilusión será la que dispara su deseo de comenzar a leer? Porque, increíblemente, ¡existen estudiantes de literatura vivos!, gente que cree que un día va a enseñarla y busca con nosotros el qué y el cómo desde el presupuesto de que vale la pena.

Tiene sentido el esfuerzo de pensar en ellos más allá del déficit. ¿De dónde vendrán esos extraños? Queremos creer que algunos intercambios con “losdeliteratura”, tan difamados, habrán sido, pues, válidos. Los habrá cansados y escépticos, los habrá engreídos, detestables y autoritarios; los habrá ingenuos y demagogos; pero también los hay atentos al contenido que encierra el rechazo a la lectura y ocupados de abrir puertas hacia lo inesperado. Tenemos  noticia y testimonios de maravillosos encuentros producidos entre libros, educadores y estudiantes. Y es aquí donde se hace necesario  hablar del profesor Eduardo Paganini.

Y nos vienen con el cuento de que nadie es imprescindible, pero no, serán tal vez unos pocos, pero hay imprescindibles. Sobre todo en ciertos tiempos, en ciertas coyunturas, en ciertos espacios donde el estallido de la ausencia nos deja como huérfanos…

“Eduardo Hughes Paganini”, se autodenominaba en su perfil de red social… y sí, tenía mucho del otro Eduardo Hughes., Sabio, sentencioso e incorregiblemente poético. “Viejo zorro”, le decíamos quienes tuvimos la fortuna de compartir algunas de sus múltiples facetas, la de amigo y la de maestro en el más completo y honorable sentido del término, aunque él prefería llamarse trabajador de la educación. “Maestro”, como se le dice en el barrio al que se las sabe todas, y maestro siempre. Se había jubilado unos pocos años antes, pero cursaba una maestría, participaba de una delirante cátedra abierta, se involucraba en cuestiones gremiales, escribía para revistas, inventaba una historieta.

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En fin, estaba ahí cerca, en la finca de Vista Flores con su extensa familia y su envidiable biblioteca. O en Mendoza, pero haciendo el aguante a nuestras demandas y compartiendo las cuitas de estos tiempos oscuros. Tan maestro que ya muy cerca del final accedió a regalar la clase de Literatura argentina y política que fue su despedida. Los colegas a cargo de la cátedra no querían que los estudiantes de profesorado de Lengua y Literatura transitaran su carrera sin tener la experiencia de una clase del Edu, y allá estuvo hipnotizando, seduciendo y mostrando cómo se es un profesor de literatura en el Nivel Superior; él, tan descreído de la pedagogía boba y de las recetas didácticas.  

Se apareció por el Valle de Uco a mediados de los 90 con su misterio a cuestas e investido de uno de los títulos más intimidantes del sistema educativo: “¡El Supervisor!”. Esperábamos un tipo circunspecto y trajeado que venía a la caza de errores burocráticos, controlando libros,  planillas, actas, legajos y papeles varios. Nos encontramos en cambio con un compañero dispuesto  a compartir conocimientos, experiencias e incertidumbres con una estudiada sencillez cargada de sentido.

Tiempo después lo reencontramos en situación menos jerárquica, como colega docente en el profesorado. Y ahí fue en verdad cuando cada encuentro en el aula, en las reuniones o tomando un café en el recreo se convertía en una instancia de aprendizaje.

Transgresor sin esnobismo, desconfiaba de las cada vez más efímeras verdades que otros indagan, publican y “bajan”. Retaceaba su  adhesión a ciertos marcos teóricos y a la incorporación del vocabulario académico de moda que consideraba “tilinguerías”, aunque los conocía bien y le sobraban argumentos para rebatir. Se resistía —atrincherado en la ironía, el sarcasmo o la condescendencia— a ser hablado o escrito desde cualquier discurso de autoridad. No proclamaba verdades, ni siquiera provisorias, y sus modos de deconstruir críticamente los desvaríos y la incontinencia verbal de los monstruos sagrados de turno eran una pregunta en apariencia ingenua, un cambio de escenario, una contextualización o un encogimiento de hombros; en todo caso una cita literaria inapelable.

Su práctica de enseñanza partía de una relación cercana y respetuosa con los estudiantes y desde esa comunicación se generaban los interrogantes, los aportes teóricos, las lecturas compartidas, las discusiones e interpretaciones, las convergencias y las divergencias. Probablemente el más ilustrado entre nosotros, jamás (y esto es una clara postura política) se ubicó en una tarima literal o metafórica y supo orientar nuestras lecturas y búsquedas sin avergonzarnos ni poner en evidencia los vacíos. Por el contrario, a veces fingía aprender de nosotros, sus ojos celestes mirándonos con atención e interés.WhatsApp Image 2017-10-25 at 20.50.56

Creó un personaje que ya se volvió mítico. Reservado, autorreferencial solo cuando era necesario, muy poco apegado a la confidencia y más al silencio, la escucha y la pregunta. Lo vimos durante años llegar en su Jeep, que no siempre lo traía sin inconvenientes, el largo cabello atado en cola de caballo, la barba emblemática y en ropa de trabajo. Nada más lejos de la imagen canónica del eminente profesor que fue.

Para decirle adiós, nada más apropiado que “Diatriba contra los muertos” de Ángel González, otro viejo zorro irreverente como él.

Los muertos son egoístas:
hacen llorar y no les importa,
se quedan quietos en los lugares más inconvenientes,
se resisten a andar, hay que llevarlos
a cuestas a la tumba
como si fuesen niños, qué pesados.
Inusitadamente rígidos, sus rostros
nos acusan de algo, o nos advierten;
son la mala conciencia, el mal ejemplo,
lo peor de nuestra vida son ellos siempre, siempre.
Lo malo que tienen los muertos
es que no hay forma de matarlos.
Su constante tarea destructiva
es por esa razón incalculable.
Insensibles, distantes, tercos, fríos,
con su insolencia y su silencio
no se dan cuenta de lo que deshacen.

  • Inés Peñafort es Profesora de Lengua y Literatura, Master of Arts en Literatura, Especialista en Docencia Universitaria y Diplomada Superior en Lectura, Escritura y Educación.

 

 

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