El nombre de su futuro niño

Gestos y disposiciones para el oficio docente

Víctor Martín Elgueta

¿Cuáles son los gestos y disposiciones adecuados por el ejercicio del oficio docente? ¿Qué hacer con los desaciertos?

Este artículo comparte una reflexión pedagógica sobre una experiencia acontecida en un taller sobre gestos y disposiciones para el oficio docente en la carrera de Profesorado de Educación Primaria y desarrollada en un instituto del centro mendocino en abril de 2011. Por ello relata gestos y disposiciones docentes acertados y desacertados.  En el escrito no se encontrarán citas académicas ni se acudirá a autores consagrados al modo de guardaespaldas: no se tomarán sus palabras en complicidad para dar cuenta de mis lecturas. Y es así porque intento recuperar una experiencia propia al modo en el que insisto en la producción a mis propios estudiantes cuando están en sus experiencias de prácticas docentes. Intento hacer un homenaje a los escritos pedagógicos de tantos maestras y maestros argentinos que desde principios del siglo XX narraron sus experiencias sin la parafernalia de los estilos del género académico. Estilos que no desconozco ni desprecio, pero de los que elijo en esta ocasión distanciarme tal vez como un modo más, entre otros posibles, de dar cuenta de un estilo o género de escritura pedagógica diferente.

  • Abstract

What are the appropriate gestures and dispositions for the exercise of the teaching profession? What to do with the mistakes?
This article shares a pedagogical reflection on an experience that took place in a workshop on gestures and dispositions for the teaching profession in the career of Primary Education developed in an institute of the center in Mendoza in April 2011. For this, it refers to successful teaching dispositions but also to unfortunate ones. The writing will not be based on academic citations or consecrated authors as a “bodyguard”, nor take their words as a shield. And this is because I try to recover an experience of my own in the way I insist my own students should when they are in their experiences of teaching practices. And in this style, I try to pay homage to the pedagogical writings of so many Argentine teachers who —from the beginning of the 20th century— narrated their experiences without the paraphernalia of the styles of the academic genre. Resources that I do not ignore or despise, but which I choose on this occasion to distance myself from, perhaps as one way, among other possible, to account for a different pedagogical writing.

Ese miércoles 27 de abril de 2011 llego a la Escuela Normal localizada en el centro oeste de la provincia de Mendoza con equipo de gimnasia y advierto que muchas miradas se posan en mí con un gesto de desaprobación por mi vestimenta. No dicen nada, pero sus gestos lo dicen todo… Yo sonrío.

Cuando llego al curso de 2° año comisión A, de la carrera de Profesorado de Educación Primaria, lxs estudiantes ya están ahí y juntos corremos los bancos hacia los costados mientras acomodamos el equipo que usaremos para musicalizar la clase.

También ellos visten equipos de gimnasia y al romper la rutina de estar sentados en los bancos constato sus diferentes estaturas. Empezamos a caminar con música cuando observo nos acompaña un hermoso bebé cercano al año de edad. Una de las estudiantes propone a la mamá tenerlo en brazos para permitirle a ella hacer los movimientos que requiere la actividad.

Me conmueve ver a este bebé en brazos de una futura docente intentando escribir en el aire su nombre con los dedos, las manos, los hombros, la cintura, algún codo o pie. Pero también empiezo a sospechar que el bebé en sus brazos se vuelve excusa para privarse o defenderse de exponer el cuerpo en la experiencia.

Inmerso en esos pensamientos llama mi atención una estudiante que baila al escribir su nombre, danza feliz. Imprudentemente le digo que escriba el nombre de su futuro niño, interpretando que estaba embarazada. Y ¡uf! ¡Situación embarazosa la mía! Mi percepción estaba errada y mi vergüenza se volvió persecutoria ante el hecho de advertir que la danza y la alegría de un comienzo abandonaban su cuerpo y sus gestos. Mi intervención no solo se volvía inoportuna, sino que generaba juicios de otras estudiantes cercanas que le comentaban en voz alta: “¡Ese tipo de comentarios no se hacen!”. 

¿Cómo recuperar la batuta, el ritmo, la coordinación de la clase después de semejante “metida de pata”? ¿Cómo intentar abordar el tema de los gestos y disposiciones para el oficio docente después de semejante “papelón” que ubicaba en un territorio de incomodidad a una estudiante que había empezado danzando feliz pero a quien ahora los gestos la mostraban estructurada y menos libre? Sentía que cualquier palabra enredaba más la situación.

Ese hermoso bebé en brazos de una estudiante y la ternura que me despertaba me hicieron perder la atención sobre la propuesta de la clase y hacer juicios incorrectos que se tradujeron en malestar de otros estudiantes. ¿Qué hacer? No lo sabía.

Sabía, en cambio, que tenía que cargar en mis brazos al bebé y permitir que la compañera con gesto maternal se diera a sí misma el espacio de la experiencia. ¡Eso hice! Y la estudiante recuperó la posibilidad de experimentar las actividades.

Cargar al bebé en mis brazos se volvió un gesto oportuno para facilitar la experiencia de una estudiante solidaria con la mamá. Pero… ¿Qué hacer con las palabras sobre un supuesto embarazo que había soltado inapropiadamente? ¡No lo sabía! Me atormentaba lo sucedido.

Por lo general, cuando desarrollo este tipo de actividades que involucran expresión corporal y juego teatral, no las interrumpo. Pero esta vez sí lo hice, con un recreo. Cuando nos dispusimos a este corte el bebé se había dormido en mis brazos e intentamos con la mamá dejarlo descansar en su carrito. Pero el pequeño advirtió la maniobra y volvió a los brazos de su madre de inmediato.

En la pausa estimé que cobijar a este pequeño fue un gesto oportuno. En cambio, ¿cómo cobijar la imprudencia, la soltura de palabras inadecuadas? Creo que inventé un recreo porque la experiencia me perturbaba.

Al volver a la actividad, luego del recreo, ya no estaba el bebé ni su mamá ni otras dos estudiantes. Entre ellas, quien al principio había danzado feliz hasta mi intervención desafortunada. ¡Vaya ironía! El sentido del taller, su propósito o intencionalidad, había sido proponer situaciones en donde experimentar los gestos o disposiciones propias del oficio docente. ¿Qué hacer entonces cuando uno mismo se ve traicionado por ellos?

El taller tenía un momento de reflexión donde se invitaba a la escritura a los participantes. Entonces me sujeté a las consignas y aproveché la ocasión para escribir.

Fue en ese marco que advertí que educar tal vez se trate de eso, de su intento. Aún sabiendo que nos podremos equivocar con un gesto, con una palabra. Y  —reconociendo nuestra posibilidad de errar— volver a su intento. Volver a la utopía. Pero con la conciencia de nuestros posibles errores y la construcción de nuevos intentos ante posibles desaciertos.

Educamos con nuestros aciertos y también con nuestros desaciertos. Con ambos tenemos la posibilidad de educarnos a nosotros mismos. En ese terreno contradictorio vamos aprendiendo algo de ese maravilloso e imprevisible arte que es educar.

A la clase siguiente leí este escrito con los estudiantes, retomamos la experiencia. Estaba presente quien había danzado feliz al inicio, la mamá y su bebé, la compañera gentil que había querido llevar en brazos al bebé, las compañeras que me habían advertido sobre mis palabras inconvenientes… Pudimos pensar juntos sobre los gestos y disposiciones para el oficio docente, fueron ellas quienes me alimentaron en ese momento con sus propios relatos de la experiencia. Y quienes me enseñaron que de lo que se trata es de servir un banquete en la mesa y ocuparse de que nadie quede con hambre.

Fue en ese marco que advertí que educar tal vez se trate de eso, de su intento. Aún sabiendo que nos podremos equivocar con un gesto, con una palabra. Y  —reconociendo nuestra posibilidad de errar— volver a su intento. Volver a la utopía. Pero con la conciencia de nuestros posibles errores y la construcción de nuevos intentos ante posibles desaciertos.

Pero me detengo en esto último un poco más, profundizo algo más en sus sentidos y de las resonancias que tuve de esta experiencia al pasar los años.

Durante la primera parte de la década de los ’90, era estudiante del profesorado en Filosofía y Ciencias de la Educación en un instituto de formación docente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y el paisaje social mostraba un paulatino empobrecimiento de los argentinos de la mano de un crudo aumento del individualismo y egoísmo de algunos sectores que obtenían beneficios de la crisis y de los que estaban afectados por ella. Entronización del dinero como la máxima expresión del bienestar y máximo valor al que aspirar como proyecto de vida. La película estadounidense “Propuesta Indecente” (1993) dirigida por Adrian Lyne intentaba convencernos que con dinero era posible comprar absolutamente todo.

En ese entonces, apareció en nuestras aulas un relato que intentaba definir qué es el infierno. Muchos años después, en la novedad de esta época, donde el empobrecimiento sigue siendo parte del paisaje, donde la violencia de Estado y la injusticia social es banalizada cotidianamente por los medios de prensa y por muchos sectores de la sociedad, y cuando para muchos el egoísmo se ha vuelto regla de vida intentando legitimarse en términos de meritocracia a través de campañas publicitarias y de propaganda política… en este nuevo escenario, vale la pena volver a narrar una vez más ese relato sobre qué es el infierno.

“Uno de esos personajes que se proponen para otras vidas —un ángel, un santo o una santa, un ser elevado— lleva a un individuo de la especie humana a visitar el infierno y luego al mismo cielo. Se cuenta que descendieron al infierno y los visitantes encontraron una mesa servida de todos los manjares posibles. Y que los comensales estaban a distancia de la mesa con unos tenedores largos atados a sus manos. Con los extremos de estos utensilios podían llegar a los manjares, pero como eran tan largos nunca podían acercar dichas delicias a sus bocas. Y así, el infierno consistía en el hecho de poder tener a su alcance manjares pero que nunca podrían llevar a sus bocas para darse de comer a sí mismos. La eternidad de seres famélicos con manjares a su alcance, pero incapaces de saciarse con ellos por sí mismos.

Una vez contemplada la escena, los visitantes ascienden al cielo. Y para su sorpresa se encuentran con una mesa servida con los mismos manjares que habían contemplado en el infierno. Los comensales también se encontraban a la misma distancia de la mesa que habían contemplado antes. Y disponían del mismo tipo de tenedores atados a sus brazos. Pero todos ellos estaban bien alimentados, saciados, con la tranquilidad de aquel que tiene los nutrientes necesarios. ¿Cuál era la diferencia? Que no se ocupaban de darse de comer a sí mismos, sino que atentos a los demás le servían lo que deseaban y necesitaban; y en la correspondencia mutua eran servidos con los manjares que ellos mismos deseaban y necesitaban.  Y en eso consistía la diferencia entre el cielo y el infierno.

El relato nos enseñaba por entonces que para educar no es suficiente tener a nuestro alcance los manjares, que los manjares pueden estar cerca y puedo quedar sin siquiera probarlos. Y ello sea tanto por mi propia mezquindad o por mezquindad colectiva. En ese entonces, nos alertaban que una lectura restringida sería cerrar con la moraleja de que el problema está en la actitud de cada uno. Pero que la cuestión es algo más compleja, porque la escena suponía una mesa repleta de manjares. Sin embargo, muchas actitudes mezquinas no tenían como origen una actitud singular o colectiva, sino una mesa mal servida o servida mezquinamente.

Así con los años el cuento me generó una nueva imagen a la luz de la experiencia del taller que coordiné en 2011. La tarea de educar tiene algo parecido a la dedicación que prestan aquellos que destinan gran parte del día a preparar un banquete para sus invitados queridos. Combinan distintos ingredientes y especias, los preparan con un tiempo determinado, disponen la mesa con ciertos utensilios apropiados y hasta anticipan cómo podrían ser las escenas de deleite de los comensales ante semejante preparación. Pese a todas las anticipaciones, cuando llegan los comensales puede ocurrir que a alguno no le guste la comida. Puede ocurrir que alguno la desprecie, e incluso la escupa. También puede ocurrir que la comida no salga tan deliciosa como pensábamos, que nos falle un ingrediente, un tiempo, un paso de la preparación.

Sin embargo, lo peor de la escena no es que a algún comensal no le guste la comida, o que la comida no haya salido rica. La peor escena es que el otro se quede famélico, que el otro no coma, que el otro quede con hambre.

Por ello, vale la pena apostar por servir la mesa. Y de eso se trata eso de educar, disponer en la mesa para que el otro tenga con qué alimentarse. Y ello supone algo más, supone también la tarea de manipular los cubiertos para que el otro se alimente. Como educador estoy ahí durante el banquete, y por ello tengo que estar atento para tener garantías de que el otro no pasa hambre ni queda famélico. No queda librado el otro a sus propios intentos frente a mi propuesta.

Puede el otro no gustar de mi propuesta, puedo equivocarme al llevar a cabo mi propuesta. Lo que no puede dejarme tranquilo es que no haya propuesta servida en la mesa. Pero, además, estar atento a que el otro se alimente. Y en el campo educativo el otro puede alimentarse tanto con mis aciertos como mis desaciertos. Pese a ello, para que el desacierto se vuelva nutritivo, tengo que disponerlo como ocasión de reflexión colectiva para volver a pensar sobre el tema que orienta el banquete al que estamos invitados. En este caso, sobre los gestos y disposiciones para el oficio docente.

 

 

 

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