ACORDAMOS VIVIR

Por Fernanda Alonso,

(Profesora del IESDyT Nº 9-002 “Tomás Godoy Cruz”)

Cynthia Debiazi

y Sonia Olivarez

Este es nuestro relato, de cómo 3 mujeres, que formamos parte de la colectiva Territorias, llegamos a las tierras del sureste mexicano, a tierras de lucha y rebeldía, a tierras zapatistas, al Primer Encuentro Internacional de Mujeres que luchan. Como aprendimos de las compañeras, nuestra palabra será revuelta, porque somos mujeres, un monte de mujeres. Mujeres diversas y todas, mujeres.

¿Cómo serían las mujeres zapatistas? La pregunta nos seguía como los kilómetros que avanzábamos.

Son alrededor de las 3 de la mañana. Afuera la noche, inmensa, todo lo invade. La ansiedad, más fuerte que el cansancio, me motivan a pararme a consultar. “¿Falta mucho?”, pregunto al conductor del camión. “En una hora llegamos”, dice el joven, que zigzaguea caminos de tierra en medio del monte. El corazón entonces, acelera su ritmo interno, preparándose para lo desconocido. Hace casi un día salimos desde la Ciudad de México. Aparece entonces desde la ventana un gran cartel amarillo a nuestra izquierda. “Bienvenidas mujeres del mundo al primer Encuentro Internacional, político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan”. Hemos arribado. Luego de ultimar detalles, estamos caminando hacia un portón, que poco podemos vislumbrar con detalles en ese paisaje nocturno. Del otro lado, un puñado de mujeres zapatistas nos están aguardando.

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Nos dicen: “Buenas noches, bienvenida, hermana, compañera”, conforme vamos ingresando y yo no sé si es el dulce timbre de sus voces, su actitud corporal estoica, lo que siento cuando voy estrechándole la mano a cada una, pero todo mis emociones comienzan a estar a flor de piel. Nos muestran dónde dormiremos, los baños y aunque no alcanzamos a dimensionar lo que está sucediendo en la silenciosa noche, lo dicen nuestras miradas que se cruzan. Lo sentimos. El frío del monte nos invita a hacernos un nudo humano entre todas, llenas de frazadas entre bolsas de dormir, abrigadas al calor de nuestros abrazos.

La mañana del 8 de marzo, escasas horas después de dormirnos, se asoma entre voces cercanas, las voces de las milicianas zapatistas. A lo lejos se escucha música, que no sabíamos distinguir. Luego supimos que se trataba de las mañanitas, pero versión zapatista, una manera cargada de dulzura con la que las mujeres de los 5 caracoles nos daban la bienvenida.

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Con el sol iluminando el espacio en medio del monte, empezamos a descubrir dónde estábamos. Encontramos templetes, escenarios, cocinas, dormitorios dispuestos a albergar a cientos de mujeres, baños y duchas, ollas con agua caliente y café, tienditas de comida. Todo al aire libre. Libres como las tierras que pisábamos. Un cartel que nos indicaba la prohibición de sacar fotos a las zapatistas mientras comían o bebían pozol. Sobre una ladera al costado del escenario principal, filas largas de mujeres zapatistas alistadas.

Juntas, empezaban a colocarse frente al escenario principal. Minutos después, el discurso de apertura daba inicio oficial al Encuentro. El calor de la mañana se intensificaba. Allí, paradas firmes, como firmes están desde hace 24 años construyendo con autonomía otros mundos posibles, las mujeres zapatistas, cerca de 2 mil, escuchaban junto con nosotras las palabras de sus hermanas y compañeras.

Cada mensaje cala hondo el alma. Nos narran sus historias, sus experiencias antes de formar parte del EZLN. Historias crudas, viscerales, hirientes, que fueron cicatrizando con el tiempo para convertirse en lucha. Lucha que construye una nueva forma de resistir a este monstruo patriarcal y capitalista que nos quiere ahogar. Nos comparten de la organización y de cómo puede la resistencia convertirse también en una fiesta. Las vemos, a ellas, que no sólo dicen de la alegría como digna rebeldía: la construyen y la viven. Nos cuentan también que nos han convocado porque ven algo en el mundo que nos ha hecho iguales: la violencia y la muerte como mujeres que somos. Y nos proponen, con la ternura que las invade y la firmeza de sus palabras, que elijamos: si competimos entre nosotras, como nos tiene acostumbradas el pinche sistema con cara y cuerpo de macho, o si decidimos encontrarnos, mirarnos, escucharnos, bailar y compartir.

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Recibimos sus relatos y sus historias, tanto leídas como actuadas, sus comidas hechas de silencio y ternura, su sentido del humor y su poesía, en el momento y la dosis precisa. Recibimos su música hecha de dolor y coraje, hasta hacernos bailar y saltar durante las tres noches a 7 mil mujeres juntas.

Ese 8 de marzo se coronó con un gesto tan simple y tan profundo que fue la síntesis de esa forma de estar en el mundo que tienen las mujeres zapatistas: de repente el cielo se hizo penumbras, y las casi 2 mil nos regalaron un paisaje lleno de velas que sostenían simbolizando la luz que habíamos encendido ese día., con el pedido de que la hiciéramos llegar a las mujeres de todas las latitudes.

Los dos días siguientes transcurrieron entre cientos de talleres, tan diversos como las asistentas.

Entre el sol intenso de cada jornada y el frío apretado de cada noche, las mujeres zapatistas, fueron compañeras, fueron anfitrionas, fueron oradoras, conjugando los verbos cuidar, atender, reír, mirar, luchar. En cada detalle, en cada rincón, estaban ellas: en la cocina, en el sonido, en la salud, en los baños, en la seguridad, asistiendo y registrando cada taller.

Y nosotras tan nosotras, llevándoles nuestras cosas raras, con la certeza de que éramos bien recibidas, bien cuidadas, bien escuchadas y bien amadas.

Esos días respiramos libertad. Compartimos tantas emociones, que procesarlas ha sido continuar ese viaje. Juntas, diferentes y revueltas, nos sentimos una. Hicimos nuestro el deseo de las zapatistas: que nunca más, en ninguna parte del mundo, una mujer tenga miedo. Acá en Mendoza, Argentina, comprendemos a través de los días, que ese mensaje es lo más profundo y genuino que quedó grabado en nosotras. Contar lo que sentimos, es la forma que encontramos de transmitir lo que sucedió.

Entre talleres, charlas y encuentros fuimos caminando sin saberlo, hacia la propuesta final: que cada una, con su forma, su modo y su tiempo, acordamos vivir.

Porque vivir es luchar.

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