UNO DE NOVIEMBRE

Pepe Suárez Jardón

 

Esta historia es real, la cuento como me la contó mi madre a la luz de una vela mortecina, un día de silencios, con olor a cera y hollín.

A finales del siglo XIX, hubo una gran hambruna en todo el norte de España, las reses se morían de hambre porque la sequía era tan dolorosa que no crecía un solo hierbajo, los pastos permanecían amarillentos y el otoño en vez de reír con la lluvia lloraba con la falta de ella. En mi aldea existía la costumbre, muy extendida por toda la comarca, de los “esfollois”, que no eran otra cosa que la ardua tarea nocturna de deshojar las espigas del maíz para guardarlas durante el largo invierno septentrional en los hórreos o cabazos; era la materia principal y fuente fundamental de alimento para humanos y ganado. Pero ese año, casi no había espigas que guardar, la falta de grano llevó a varios jóvenes a emigrar a América y muchas propiedades fueron hipotecadas a los señores para no morir de hambre.

Un día de quejidos de muerto, un uno de noviembre, llamaron a la puerta de una casa del pueblo, eran sobre las once de la noche, el frío se sometía a los caprichos de un airecillo fresco y continuo que helaba a los vivos y honraba a los difuntos.

Los habitantes de la casa se alarmaron por la hora, con un suspiro abrieron la puerta a la pregunta de ¿quién es? y alumbrándose con un candil vieron el rostro demacrado de un ser lánguido y macilento que los miraba atentamente. Por fin habló, les pidió posada para pasar la noche, les dijo que era de un pueblo lejano y que iba camino de Galicia a trabajar de leñador en los montes. Los dueños de la casa titubearon en su decisión, aunque al final accedieron y le dieron hospedaje en el establo donde guardaban las vacas, previamente le ofrecieron pan y leche, pero él, curiosamente, rechazó cualquier tipo de comida o bebida.

Así se fue a dormir al establo el visitante misterioso, el dueño de la casa cerró la puerta y todos se fueron a dormir. Cuando a la mañana siguiente se levantaron, lo primero que hizo la mujer de la casa fue ir a ver si aún estaba el huésped, cuál fue su sorpresa cuando no lo vio por ningún lado, llamó a su marido y entre ambos lo buscaron sin éxito alguno. Un poco más tarde se dirigieron para ordeñar las vacas al establo, entonces se dieron cuenta que todas ellas permanecían echadas en el suelo, inmóviles, al acercarse vieron que yacían sin vida alguna, solo en sus ojos blancos parecía haber sueño, pero no era que durmiesen, simplemente estaban muertas; al revisarlas una por una observaron que alguien o algo les había cercenado la garganta y alguna gota de sangre indicaba que les habían chupado la sangre, inmediatamente sospecharon del individuo, lo buscaron entre todos los del pueblo, pero como por un embrujo, él había deasparecido y nunca más se volvió a ver. Con el tiempo supieron que en las aldeas vecinas habían sucedido hechos similares; la descripción era la misma, un hombre enjuto como un lagarto, de piel mortecina y ojos sanguinolentos, que no quiso comer ni beber nada y que se sospecha les chupó la sangre a los animales. Todo esto ocurrió en esos tiempos y mis antepasados dan fe de su certeza.

 

 

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