La escuela como ámbito de construcción sociocultural del género

Mgter. Niri Yamilet Aguilar

niriyamiletaguilar@gmail.com

Profesora del IESDyT N°9-002 “Tomás Godoy Cruz”

Resumen

La consideración del género como categoría social y analítica ha colaborado en la visibilización y explicación de las históricas desigualdades entre los hombres y las mujeres. Los patrones de desigualdad se han erigido en las creencias de la superioridad de un sexo y la inferioridad del otro; dando fundamento a relaciones de poder que ubican a las mujeres en roles de subordinación y opresión. Las manifestaciones de las diferencias de género se producen en todos los ámbitos sociales; sin embargo, la escuela adquiere una importancia vital porque es el espacio en el que se hacen explícitas las diferencias y por su función educativa tiene el potencial transformador para promover la igualdad de género.

La escuela como ámbito de construcción sociocultural del género

El género como categoría social y analítica[1] representa una de las contribuciones teóricas más significativas del feminismo contemporáneo[2]. Tiene la función de explicar las múltiples desigualdades que existen entre varones y mujeres, desigualdades socialmente construidas. Lo femenino y lo masculino se conforman a partir de una relación mutua, cultural e histórica; por ello es que también el género es una categoría transdisciplinaria que desarrolla un enfoque globalizador remitiendo a los rasgos y funciones psicológicos y socioculturales que se atribuye a cada uno de los sexos en cada momento histórico y en cada sociedad. (Famá, 2011)

El género es la construcción cultural de los comportamientos, roles, valores, asignados a las mujeres y a los varones. Es un concepto relacional, que implica jerarquías. Lo masculino está sobrevaluado y lo femenino devaluado en las sociedades patriarcales.

El género, entonces refiere a una construcción principalmente social que atribuye sentido y significado a distinciones basadas en el sexo. En este terreno no existe nada exclusivamente natural. Por lo tanto, la definición de los géneros (la afirmación de lo que es femenino o masculino) siempre se realiza en el contexto de determinada cultura. (Alonso, 2007)       

La separación conceptual entre el sexo[3]  y el género permite comprender que ser mujer o varón va más allá de las diferencias anatómicas, hormonales o biológicas. Es una construcción social y no una condición natural. Los roles de género, que se aprenden fundamentalmente en la infancia, a través del proceso de socialización, se producen y reproducen en la vida cotidiana en la interacción personal en el marco de un sistema que define qué es apropiado para cada rol y qué no lo es. De esta forma se crean y transmiten creencias y expectativas de conducta; modos en que las personas en interacción se perciben mutuamente y esperan de otro, determinadas conductas y no otras. (Famá, 2011)

El género es afianzado fundamentalmente en el proceso de socialización primaria (familia) y en el proceso de socialización secundaria (escuela).

El periodo en que se asiste a la escuela (etapa de escolarización) es fundamental en el desarrollo. Durante la infancia y la adolescencia, el ambiente escolar junto con la familia, influyen de manera determinante tanto en su desarrollo físico, como en el intelectual, emocional, moral y social. Los educadores son figuras que tienen un gran peso en los procesos psicosociales como la identidad sexual, la autonomía, el autoconcepto, la autoestima y la motivación al logro de cada niño. Esto se debe, no sólo al tiempo que pasan juntos, sino al tipo de interacción que se establece entre profesores y alumnos, por lo que tienen gran influencia en el desempeño escolar, la salud psíquica y el establecimiento de las expectativas de vida.

Para la construcción de estas expectativas de vida, son trascendentales las percepciones dentro de un sistema sexo-género como limitantes o propagadores de los ámbitos, actividades y opciones que se planteen los niños. Por este motivo resulta importante conocer las expectativas de desarrollo de los estudiantes; pues pueden estar relacionadas con la transmisión de patrones culturales de género, muchos de los cuales se aprenden y reproducen en la escuela.

Esto es, todo el engranaje que existe en las prácticas, modos de pensar, normas, valores y representaciones mediante el cual las sociedades asignan espacios, actividades y tareas diferenciadas para cada uno de los sexos, de tal modo que propician desigualdad social con base en las concepciones de lo femenino y lo masculino. (UNICEF, 2009)

Si bien el hogar y la familia son los espacios fundamentales de socialización primaria; la escuela constituye el segundo ámbito en importancia en términos del proceso de socialización, adicionalmente, en el Estado se encuentra en posibilidad de inducir cambios en los patrones culturales a través de la educación.  Para avanzar en el logro de la igualdad de género, el trabajo de los docentes tiene un papel fundamental que requiere de formación y concientización respecto de su actuación frente al grupo y de las diferencias que se establecen en la manera de concebir al alumnado de acuerdo al género. (UNICEF, 2009)

Las personas aprenden a relacionarse a partir de las experiencias y de las situaciones que componen el entorno más cercano, esto ocurre principalmente en la infancia cuando observan, imitan e interactúan con sus familiares; recibiendo los primeros mensajes sobre roles, comportamientos, responsabilidades y actitudes según sean varones o mujeres.

Llegado el momento, varones y mujeres comienzan su socialización secundaria en la escuela; allí interactúan con otros (sus pares), poniendo en evidencia la incipiente configuración de roles.

Los espacios escolares son lugares donde se generan, recrean y reproducen relaciones sociales, no son simplemente “contenedores” de la actividad educativa, sino que las diferentes personas que integran la comunidad escolar establecen relaciones entre ellas que le dan sentido a ese espacio. De esta forma, en el espacio escolar –como en otros espacios– se producen, reproducen y expresan relaciones sociales. El espacio no solamente facilita los usos para los que está construido –en este caso, la actividad educativa–, sino que también tienen una dimensión simbólica en tanto configuran el ámbito para el despliegue de la imaginación, la creatividad, la relación, el reconocimiento, la tensión e, incluso, el conflicto entre grupos y personas. En la comunidad escolar no solamente interactúan el personal docente y el alumnado, también se dan relaciones entre los propios docentes, entre alumnos y alumnas y se generan, además, relaciones con los padres y madres de familia, así como con una amplia gama de individuos y grupos que intervienen directa e indirectamente en las relaciones sociales que ahí se producen, reproducen y expresan. Hacemos referencia, por ejemplo, a las autoridades educativas, a otros miembros del grupo familiar o a miembros de la comunidad en que se ubica la escuela.  Las relaciones entre estas personas y grupos no solamente derivan de la relación escolar, sino que se entrecruzan con otras relaciones: étnicas, de género, de generación. (UNICEF, 2009).

De este modo, en la escuela se aprende y se fortalece que para varones y mujeres hay roles diferenciados y comportamientos promovidos. Los agentes de educación, a su vez continúan repitiendo los mismos patrones con los que ellos mismos fueron socializados.

Se promueve que:
Los varones Las mujeres
Se enojen y reclamen ser nombrados si un día se saluda con “un buen día chicas”. Pierdan sin queja su identidad de mujeres en aras de la llamada economía del lenguaje.
Se les diga “¡¿qué lloras maricón?! “Es que “a golpes se hacen los hombres” decían las abuelas El llanto es una manifestación de la sensibilidad femenina.  
Le guste el fútbol casi por naturaleza y cuando esto no ocurre sea objeto de chiste y comentarios “muñeca quebrada”, “medio nenita”. Los juegos de las niñas sean aquellos simbolizantes y preparatorios para futuros roles maternos y de amas de casa  (jugar con muñecas, jugar a preparar la comida, etc.)
Ocupen el espacio central en el patio, la cancha de fútbol, que corran invadiendo el espacio de las niñas en el recreo, que interrumpan sus juegos. Sean suaves y delicadas; siempre ubicadas en su lugar y en sus modales.
Es impensable pedirle a un varón que se vista de mujer en un acto escolar. Perfectamente posible que las niñas se vistan de varón en un evento artístico; incluso en la vida cotidiana, las mujeres pueden usar prendas masculinas; caso vedado para los niños o al menos reprochable.
En los problemas de matemáticas, José hace cálculos sobre el edificio que construye o va al autódromo a correr carreras. En los problemas de matemáticas, María siempre va al supermercado o calcule la cantidad de harina que lleva una torta.
Si un varón le toca la cola a una nena, se le dice “eso no se hace”, “lo varones deben respetar a las mujeres en cualquier instancia”. Deben vestirse adecuadamente, ropa suelta, sencilla, no provocativa.
En los boletines de calificaciones los varones aparecen como “inteligente e inquietos”. Las niñas son descritas como prolijas y cumplidoras
 Los personajes masculinos de los textos literarios son los que realizan grandes hazañas. Los personajes femeninos ocupan posiciones de dependencia.
No se use el mismo calificativo para la gran cantidad  de varones que no se hacen cargo ni de la cuota alimentaria. Que en la sala de profesores se hable de madres “abandónicas” cuando una mujer ya no vive con su pareja e hijas/os.
No hay alusiones a la paternidad adolescente, entendido como un argumento tácito para alentar la desresponsabilidad de los varones. Que sea común referirse a maternidad adolescente.

La tabla anterior ilustra con ejemplos extraídos de un trabajo llamado Espacio escolares y relaciones de género, visibilizando el sexismo y el androcentrismo cultural. Se explicar los modos de construcción cultural del género en los que la escuela como segundo agente socializador, tiene una relevancia trascendental. (Alonso, G. y Otras, 2007)

Es posible mencionar numerosos ejemplos que favorecen la construcción de estereotipos de lo masculino y lo femenino en la escuela; no obstante, no es la única institución que se encarga de ello, sino que es la sociedad y sus modelos normativos que educan y regulan la construcción de un género femenino en dependencia de uno masculino. 

La escolarización conduce inexorablemente a una interacción continua con los pares; en ella se exhiben los rasgos propios del género masculino o femenino. Se presenta una exigencia de actuar acorde a lo esperado para los de la misma categoría sexual, siendo más imperativa con los varones; quienes son inducidos a constituir cursos de acción ligados con el uso de la fuerza y con actitudes desafiantes e intimidatorias. Aunque las exigencias de masculinización, provenientes de un orden simbólico que exalta la virilidad, el riesgo y la violencia, pueden impactar diferencialmente entre varones de distintos grupos sociales y entre los chicos de un mismo sector social, por lo que es necesario explorar la variabilidad de posiciones y actuaciones entre los varones. (Tomasini, 2010)

Es importante resaltar la importancia de los profesores como identificadores de conductas violentas en los ámbitos escolares sobretodo en la escuela secundaria; la naturalidad con la que se establecen vínculos entre los adolescentes conforman un particular circuito donde la desigualdad, la discriminación y la violencia se retroalimentan. Es inviable pensar a la escuela como una institución neutral bajo el lema de igualdad, al contrario, lo que se destaca es el atravesamiento de una matriz de conflictividad social que estructura las trayectorias y las experiencias sociales de los estudiantes.

Bibliografía

Alonso, G. y Otras (2007) Espacios escolares y relaciones de género. Visibilizando el sexismo y el androcentrismo cultural. Colección de cuaderno de educación popular. Bs. As. Ed. El colectivo.

CEPDA (1996) Género y Desarrollo. Serie de Manuales de Capacitación.

Colectiva feminista La Revuelta (2006). Cuadernos de formación y debate N° 4

Díaz Aguado, M. (2003) Adolescencia, sexismo y violencia de género. Cátedra de Psicología de la Educación, Universidad Complutense. Papeles del Psicólogo. N° 84.

Faurd, E. (2008) Desafíos para la igualdad de género en la Argentina. Estrategias del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Fraser, N. (2008) La justicia social en la era de la política de identidad: redistribución, reconocimiento y participación.Revista de  Trabajo, año 4, Número 6,  agosto-diciembre. Disponible en http://www.trabajo.gob.ar/downloads/cegiot/08ago-dic_fraser.pdf. Consultado el 28 de agosto de 2013.

Giberti, E., Fernandez, A. (comp.) (1989) La mujer y la violencia invisible.  Bs. As.  Ed. Sudamericana.

Guzmán, V. (1991) Una nueva lectura: género en el desarrollo.  Red entre Mujeres. Lima.

————— (2001)  La institucionalidad de género en el estado: Nuevas perspectivas de análisis. CEPAL. Unidad Mujer y Desarrollo. Santiago de Chile.

Ingaramo, M. (2013) Los desafíos de la perspectiva de género en la definición de  la agenda gubernamental. Revista Cátedra Paralela, N° 10. UNR.

Lamas, M. (1995) Uso, dificultades y posibilidades de la categoría de género. La Ventana, Revista de estudios de género. N° 1. Centro de Estudios de Género de la Universidad de Guadalajara. Disponible en http://www.pueg.unam.mx/images/seminarios2014/genero_y

_politica/mes_uno/Lamas-Usos_dificultades_y_posibilidades.pdf. Consultado el 13 de agosto de 2013.

Levin, S. (2011) Breve historia del feminismo. Documento de seminario Política social en Argentina. Maestría en Política y Planificación  Social. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Universidad Nacional de Cuyo.

Mérola, G. (1985) Feminismo: Un movimiento social. Revista Nueva Sociedad N° 78 julio- agosto.

Scott, J. W. (1996) El género: una categoría útil para el análisis histórico en Marta  Lamas (comp.) El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. Porrúa / PUEG-UNAM, México.

Sen, A. (2000) Libertad y desarrollo. Bs As. Ed. Planeta S. A.

Tomasini, M. (2010) Escuela y construcción de identidades de género: una aproximación  a la masculinización de los varones en edad pre-escolar. Chile. Revista de Psicología, Vol. 19, Nº 1.     

Trocello, G. (1998) Identidad colectiva: ¿Esencia o discurso? Una confusión peligrosa. Revista Kairos. Nº 2.

UNICEF (2009) Informe Nacional sobre Violencia de género en la educación básica en México.

Wainerman, C. (2002). Padres y maridos. Los varones en la familia en  Wainerman, C. (comp.) Familia, trabajo y género. Un mundo de nuevas relaciones. Bs. As. FCE (2002a).


[1] Puede citarse como precursora de la categoría –género– y una de las primeras feministas a la filósofa Francesa, Simone de Beauvoir. Ella fue quien expresó una frase célebre que dio, a su vez, origen a múltiples puntas de investigación. “Una no nace mujer, sino que se hace mujer”. Es autora de El segundo sexo (1949) obra que significó el inicio teórico para distintos grupos feministas. En ella se aborda la condición social de la mujer y se analiza las distintas características de la opresión masculina, dada la marginación de la mujer de los procesos de producción y su confinamiento al hogar y a las funciones reproductivas. Con estas condiciones, la mujer pierde sus vinculaciones sociales y la posibilidad de una auténtica libertad. También se ocupó de estudiar la situación de género desde la visión de la biología, el psicoanálisis y el marxismo; destruyendo los mitos femeninos e incitando a buscar una auténtica liberación. Sostuvo que la lucha para la emancipación de la mujer era distinta y paralela a la lucha de clases y que el principal problema que debía afrontar el “sexo débil” no era ideológico sino económico.

[2] El feminismo es un movimiento social que se revela contra un orden no natural, por tanto modificable. Procura analizar y trata de desenmascarar la verdadera estructura de las relaciones sociales en la sociedad, las relaciones entre los hombres y las mujeres; denunciando y estudiando el carácter histórico y no natural de la sumisión de la mujer y su opresión.

Cuando se dice que el feminismo es un auténtico movimiento social es porque representa un intento colectivo de efectuar cambios en la sociedad y de crear un orden social totalmente nuevo. Un movimiento social no es la expresión de una concepción del mundo; es la petición consciente de un cambio, es la manifestación de un conflicto y por tanto se encuentra asociado a conductas de innovación social y cultural.

El feminismo, como todo movimiento social es heterogéneo y busca una transformación del sistema de poder, cuestiona la identidad de la actual sociedad. Aparece como un enfrentamiento a la rigidez de las doctrinas, normas, orden social, que tienden a decaer y que, sin embargo, las tradiciones, los sistemas ideológicos, las barreras sociales y culturales se empeñan en reforzar y mantener. (Mérola, 1985)

Es posible distinguir tres olas o momentos en la evolución del feminismo, una primera ola que se caracteriza por la lucha por la igualdad de derechos (al voto, al trabajo, a estudiar, etc.), luego desde finales de los años sesenta se produce un cambio de prioridades; dado que la búsqueda de la igualdad es sustituida por la afirmación de la diferencia. Las feministas de la época, ya no tenían como propósito ser consideradas iguales a los hombre, sino que por el contrario querían ser reconocidas como un género diferente, con necesidades distintas y con las mismas oportunidades. Una tercera ola feminista, intenta una espiritualización ética del contrato social, por la que la mujer continúe siendo reconocida como una alteralidad radical, otro diferente del hombre y no su opuesto. (Levin, 2011)

[3] En alusión al tema, dice Lamas (1995) que la posibilidad de comprender qué es y cómo opera el género hace posible entender que es precisamente el orden simbólico, y no la naturaleza, el que ha ido generando las percepciones sociales existentes sobre las mujeres y los hombres. Esta simbolización se erige en orden social, un conjunto de prescripciones con las cuales se norma la vida social y en infinidad de circunstancias estas prescripciones, encasillan a las personas y las ponen en contradicción con sus deseos, talentos y potencialidades. Ignorancia, prejuicios y desinformaciones se apoyan en la lógica del género para prohibir ciertos comportamientos o elecciones a mujeres y hombres. En ese sentido, hay que comprender también que el género es, al mismo tiempo, un filtro a través del cual se mira e interpreta el mundo, y una armadura que constriñe los deseos y fija límites al desarrollo de la vida.

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