Pagú

Sofía Calderón

Estudiante de 3° Año

Profesorado de Lengua y Literatura

Fabiana llegó del trabajo, cansada, como siempre que tenía plazo de entrega de proyectos, o de finanzas, o de presupuestos, o de informes. Se cambió los borcegos por las pantuflas, se preparó un yogur con cereales y sentó a ver una serie. Desde que estaba sola o, mejor vale decir, sin pareja, se preguntaba dónde estaba aquella que debía cuidarla; y había resuelto responderse que era ella misma quien debía hacerlo, quien mejor lo haría. Entonces, le gustaba hacer cosas para sí misma, mimar-se un poco, atender-se, a pesar de la soledad, a pesar de la tristeza que a veces se le aparecía como un espectro.

Después del segundo capítulo de la serie y del primer pucho de la tarde, decidió que un buen mimo era tirarse a dormir una siesta. Fue a su habitación, cerró las persianas –afuera hacía un día soleado-, se desvistió y se metió en la cama, sin más preámbulos.

Las cosas, sin embargo, no se dieron como ella esperaba; tuvo un sueño que, en lugar de gestionarle un descanso, la sumergió en un frenesí del que ya no podría salir.

Soñó que, recostada en su cama, charlaba con sus dos amigxs convivientes: Lucas y Verónica. Y ahí, en un momento impreciso, las percepciones del entorno cambiaban, de un modo tenue y definitorio al mismo tiempo. De alguna manera, su cuerpo cambiaba de espacio, pero sin moverse de la habitación, sin salirse de la cama. Sus dedos se volvían viscosos y se sentía fría por dentro pero verdaderamente caliente en la piel, o viceversa. No sé, todo era confuso. De pronto, Lucas y Vero ya no estaban a sus costados, se encontraba sola, en absoluta oscuridad, como si estuviese en un pozo tan profundo, que la entrada se perdía en la lejanía. En esa oscuridad, de pronto, se aparece una piba de ojos negros, tes muy blanca y pelo lacio, una piba común, pero cuyo rostro jamás había visto. Lo único que resaltaba su imagen, era su pelo de color azul, de un azul profundo y eléctrico. Fabiana se sumergía en un profundo encantamiento; no tenía miedo. Se sentía plena, como si esos ojos y ese azul la sustrajeran del cotidiano, la transportaran a un lugar encantado. Le preguntó, al ser del pelo marino, cómo se llamaba y si era buena. Y ella respondió que su nombre era Pagú, y que si era buena, no lo sabía y, en todo caso, no era el dato más relevante.

Quedaron unos minutos en silencio, mirándose a los ojos. Una cantidad de minutos imprecisos, improbables, hasta que esa sensación ambigua de calor/frío, se inclinó hacia un calor a cada minuto más ardiente. Sus cuerpos comenzaron a acercarse, como sin voluntad, pero cargados de deseo. Sus torsos se apretaron uno contra otro, sus manos atravesaron la carne de la otra, sus dos pares de labios se fundieron en un solo. La respiración se agitaba descompasadamente, las piernas se chocaban y enredaban entre sí. Se besaron hasta que sus músculos se tensionaron y, al mismo tiempo, se descolgaron de la tensión, fundiéndolas en un abrazo que parecía nunca iba a terminar. Pagú encontró nuevamente los ojos de Fabiana: -“Fabi, yo no soy otra; yo soy vos, una parte de vos, un estado de vos”.

Fabiana, en cuanto Pagú pronunció estas palabras, se despertó.

–Qué sueño apacible-, se dijo en tono irónico. Escuchó el ruido de la puerta y, a juzgar por la hora, seguramente se trataría de Verónica, que volvía de trabajar. Se tomó unos minutos para intentar (solo intentar) recuperarse de aquel estado trastornado y excitado a la vez. Se levantó, se vistió rápidamente y salió del cuarto al encuentro de su amiga, expectante de contarle su experiencia onírica.

Al verla, se quedó paralizada.

-Hola Fa!- le dijo Pagú desde la cocina.

El Challao, Las Heras, Mendoza Argentina

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